jueves, 10 de junio de 2021

Hna. Virginia - Episodio 4: Más allá de lo habitual (2da parte)

 

Una de esas "expediciones" fue a San Pedro, poblado de la provincia de Misiones extremadamente pequeño, pero con muchas familias viviendo en chozas precarias desparramadas por la frondosa selva misionera. El sacerdote del lugar buscó a la Hermana Virginia, a la Hermana Lucía Andreoli y a dos aspirantes en la estación de tren de Posadas, ciudad capital de esa provincia. Llegaron después de dos largos días con sus noches de viajar en coches de segunda, con asientos de madera. La única que no estaba exhausta era Virginia. Hubo que dejar las bolsas destinadas a la ayuda en la estación, porque el sacerdote tenía un Fiat 600 en el que, con dificultad, apenas entraban las pasajeras. Lo que quedaba de camino para llegar al pueblo eran cinco horas, cosa que por la lluvia y la tierra arcillosa y colorada, se transformó en casi 8 horas más. Llegadas, el sacerdote le había pedido a una comunidad de hermanas de clausura que recibiera a las misioneras. Allí comieron y casi ya caída la noche, fueron llevadas a lo que sería la casa durante el mes de estadía. El habitáculo destinado había servido de casilla para perros, con paredes y piso de tablones separados, elevado sobre pilotes y en medio de una plantación de bananos. Cuatro catres sin colchón y sin ropa de cama no invitaban para nada al descanso, más aún porque la amplitud térmica en esa zona, es considerable. De día puede alcanzar con facilidad los 30 grados y por la noche, puede estar por debajo de los 10. Así fue que con el escaso abrigo que llevaban, no Virginia, que seguía firme con su hábito y su camisa, se acostaron vestidas a la escasa luz de dos velas. Nadie pudo descansar. Las pulgas que habían dejado los perros, que ahora dormían entre los pilotes debajo de la casilla, hicieron de las suyas y se dieron un festín. Al alba ya estaban en pie porque no se aguantaba más. Ni agua, ni desayuno ni nada. La Hermana Lucía y las dos aspirantes recurrieron a las hermanas de clausura en busca de un baño, algo caliente y algún medicamento que aliviara la picazón que las mordeduras de las pulgas habían dejado en todo el cuerpo. Virginia ni lo pensó. Se internó en un sendero estrecho que se perdía en la plantación y desapareció con el único bolso con algo de ropa para repartir que había conseguido traer con ella. El resto de la jornada ocupó a las otras tres en hacer una limpieza más o menos considerable en la casilla, armar afuera un pequeño horno para hacer fuego y conseguir algo para la cena. Virginia volvió eufórica, como si nunca hubiera hecho semejante viaje y como si hubiera descansado toda la noche. Ya había encontrado a varias familias y un lugar de acopio de bananas, hecho con hojas de las plantas y algunos postes, donde reuniría a la gente para prepararlos a los sacramentos. No paró de contar la alegría con la que la recibieron y al día siguiente, se fue a la ruta y a dedo, en un camión, volvió a Posadas a buscar todo lo que había quedado en la estación de tren. Regresó, en otro camión, al día siguiente y no se supo cómo, pero ya había conseguido quien le acarreara los bultos hasta la casilla. Las que habían quedado se preocuparon por poner papeles en las paredes para que no entrara aire ni frío. Las hermanas de clausura proveyeron algunas frazadas y el sacerdote prestó dos ollas y un jarro en los que se cocinaría y se prepararía el desayuno. Nada de todo eso era preocupación de Virginia que, ni bien llegada, partió otra vez internándose entre los bananeros. La Hermana Lucía y una de las postulantes se lanzaron a la misión recién al cuarto día. La otra aspirante se ofreció a quedarse para tener preparada la comida y seguir acondicionando de alguna manera la vivienda y organizar afuera, un lugar para higienizarse. La verdad era que la muchacha había sido brutalmente atacada por las pulgas, que a pesar de la limpieza precaria que se pudo hacer, las ramas de paraíso puestas en el piso y el kerosene con el que se había empapado la madera, siguieron molestando. Sin contar los mosquitos que, durante el día, no dejaban en paz. La cuestión terminó en que la aspirante, al sexto día, y ya con una infección en una pierna por rascarse las picaduras, decidió que de ninguna manera quería quedarse. Así fue que la Hermana Virginia y la aspirante salieron a la ruta y, otra vez con un camión, se fueron a Posadas donde la muchacha tomó el tren de regreso a Buenos Aires mientras que Virginia, no se supo nunca cómo, regresó al día siguiente con una provisión de alimentos y algunos remedios para calmar el escozor de las picaduras.

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jueves, 3 de junio de 2021

Hna. Virginia - Episodio 4: Más allá de lo habitual (1ra parte)



Sería un error pensar que los meses de vacaciones lo eran también para la Hermana Virginia. Pasadas las fiestas de Navidad y Año nuevo y el retiro anual que rigurosamente hacía junto a las Hermanas, se preparaba para partir.

Durante el año recibía muchas donaciones que, como se ha visto, llevaba para cubrir las necesidades del barrio, pero al mismo tiempo, iba separando ropas y calzado para esta otra misión que emprendía cuando las actividades escolares terminaban. Sabía que el Instituto debía contar con muchas almas consagradas que llevasen el amor del Corazón de Jesús hasta los lugares más ignotos, y a eso se abocaba. Tenía comunicación con sacerdotes de provincias argentinas alejadas de Buenos Aires; recibía noticias del lugar geográfico y de las necesidades materiales y espirituales de la zona, y decidía qué rumbo tomar en los meses de enero y febrero. Iba en auxilio de esa gente, pero también tenía en sus objetivos despertar, con su testimonio, vocaciones misioneras.

La solían acompañar jóvenes de Villa Amelia que se preparaban todo el año para eso; otras veces partían con ella aspirantes, postulantes y alguna otra Hermana. El viaje se hacía en tren e indefectiblemente, un vagón, llevaba gran cantidad de bolsas conteniendo lo colectado para proveer a las personas. Siempre, casi dos días de viaje hasta algún centro urbano: Posadas, La Rioja, Salta, Catamarca, y después, largos trayectos en camión, carro, o aquel medio con el que fuera posible alcanzar el lugar de destino.


 

jueves, 27 de mayo de 2021

Hna. Virginia - Episodio 3: Entre dos mundos (5ta parte)

 


Para Virginia el tiempo era siempre escaso y el ocio o el descanso, una pérdida.

"Ya habrá tiempo de descansar en el Paraíso”.

Eso respondía siempre que alguien le decía que la veía exhausta o que tenía que tomarse un tiempo de reposo.

Y ya lo decía la Madre:

"Trabajemos hijas, trabajemos mucho que es una pena que haya una Misionera que ame el descanso aunque sea un poco. El lugar de descanso de la Misionera está reservado en el Paraíso, no en la tierra. Sería una desgracia que la Misionera se tomase un descanso en la tierra". (Carta 747, Bue nos Aires, 24/2/1896, pág.605, Tomo 2).

Al pie de las responsabilidades asumidas, haciéndose cargo de cada detalle y conociendo a cada persona, cada familia, cada necesidad, llegaba al barrio apenas empezado el día. Sabía quiénes eran los padres que salían a trabajar y dejaban durmiendo a sus hijos. Virginia entraba a las viviendas, los despertaba, incitaba a los hermanos mayores a ocuparse de los más chicos y los esperaba en la escuela controlando estrictamente la asistencia y recurriendo a una fuerte reprimenda para con quienes no cumplieran.

No era distinta con los adultos. Con los varones que bebían o eran golpeadores con sus hijos y con las mujeres, se plantaba y los exhortaba imponiendo siempre respeto. ¡Gastar dinero en bebidas cuando la casilla tiene piso de tierra y techo de cartón y los chicos andan descalzos! Hacía falta mano fuerte, carácter inflexible y un seguimiento estricto para que, aunque fuera lento el resultado, la misión progresara, la gente fuera entendiendo que merecía una vida digna y de ejemplo para los menores.


jueves, 20 de mayo de 2021

Hna. Virginia - Episodio 3: Entre dos mundos (4ta parte)

 

Tal vez sin saberlo, su misión tenía dos puntas: Villa Amelia, con la vida cotidiana de los marginados, hambrientos y desamparados, y por otro, la Comunidad. En el caso de la Comunidad, no por desidia de las hermanas, pero la realidad de un Colegio de clase media alta en los primeros tiempos, y una vez jubilada, Regina Coeli, casa de ancianas dedicadas a la oración, no permitía ver siempre con claridad y tan en directo lo que pasaba en otros ámbitos. Si bien las hermanas, sobre todo las ancianas, tejían y acondicionaban ropa que llegaba como donación para la misión, no alcanzaban a dimensionar la crudeza con la que la Hermana Virginia se encontraba a diario.

Tampoco llegaban a comprender totalmente que partiera, en pleno invierno, sin que el día hubiera clareado aún, casi sin abrigo y en alpargatas. Nunca un saco grueso arriba del hábito. Solamente la camisa. Las bolsas cargadas con pan o algo de comida y fruta del día anterior de la que ella misma se privaba para repartirlo al día siguiente; sus cosas acumuladas durante la semana para ponerlas en condiciones y llevarlas a la escuela para que sus chicos le dieran uso. Era muy común verla en las horas de recreo comunitario los fines de semana, ayudada por otras hermanas, restaurar restos de cuadernos, sacarle punta a lápices comunes y de colores, poner en condiciones tapas de carpetas y recuperar hojas para usar, aunque sea en el reverso. Nada se desperdiciaba. Ella misma se privaba de usar hojas o libretas como las demás hermanas para escribir sus propósitos. Usaba lo que encontraba a punto de ser desechado y allí escribía.

Aquí, la prueba más que clara de la austeridad que Virginia se imponía a sí misma para darle a los suyos lo que estaba en mejores condiciones…




jueves, 13 de mayo de 2021

Hna. Virginia - Episodio 3: Entre dos mundos (3ra parte)

 

La Hermana Virginia era consciente de sus reacciones apasionadas y sabía también, que cuando daba rienda suelta a lo que le provocaba aquello que veía y sufría afuera, podía herir. Por eso, sus propósitos se centraban con frecuencia en ese aspecto. En julio de 1977 escribió en su libreta:

"Procuraré evitar en lo posible los gestos de mal modo o de impaciencia. Jesús, mi Maestro, que pueda darme cuenta para evitarlos".

Y más adelante:

"Siempre que sea lícito, de acuerdo al Evangelio, procuraré callar evitando de este modo discusiones, impaciencias y ruptura de la paz". "Repetiré muchas veces (de 10 a 20 veces), por la noche, antes de acostarme y por la mañana, antes de levantarme: nada ni nadie podrá en este día turbar mi calma y mi paz".

Pero sus convicciones eran inamovibles y su relación cotidiana con la miseria injusta que padecía su gente, la reafirmaban en la lógica a seguir:

"No avalemos las injusticias con nuestro silencio".

El 1 de enero de 1988 se proponía:

"Seré siempre sincera, no faltaré a la verdad con mis hermanas (...) Nunca dejaré de decir la verdad por faltar a la caridad. Se puede insertar la vedad con la caridad. La verdad que diga a mi hermana o a mi prójimo no debe ser como una bofetada, sino como una caricia. Seré, con la gracia de Dios, auténtica, sincera y leal con los que me rodean".

Pero, además:

"En este día de retiro prometo, con tu ayuda y gracia, frenar gestos y palabras de impaciencia, imitando tu mansedumbre y tu paciencia".

Y de su propio puño y letra:




jueves, 6 de mayo de 2021

Hna. Virginia - Episodio 3: Entre dos mundos (2da parte)

 


Hay un testimonio que hace patente la reacción de Virginia cuando comenzó la guerra con los ingleses, en 1982, por la recuperación de las islas Malvinas. Una exalumna del Colegio Santa Rosa Caballito era la esposa del que en ese momento, por la dictadura militar, era presidente del país, el General Galtieri. Esta señora visitaba con frecuencia a las hermanas que la habían visto crecer desde la primera infancia y le tenían mucho afecto.

Antes de que la que desde el comienzo fuera una lucha desigual, el general dictador llamó telefónicamente a una de las hermanas, la más conocida y querida por su esposa, y le pidió que rezara porque iba a emprender algo muy complicado e importante para la patria. La persona que dio testimonio de esto cuenta que:

"La comunidad seguía atentamente y con entusiasmo aquello que los noticieros televisivos transmitían con respecto a los combates y a las ventajas del Ejército Argentino en esa guerra que, mintiendo arteramente, el general Galtieri daba por ganada desde los balcones de la casa de gobierno. Las hermanas, en su inocencia, se alegraban por los presuntos resultados y seguían rezando por lo que el dictador les había pedido. Virginia volvía de la calle, de la misión, en esta época ya estaba jubilada y se iba por la mañana y regresaba por la noche. Ella veía en La Salada como las familias sufrían porque se habían llevado al combate a adolescentes, chicos que habían sido sus alumnos también, e iban a una guerra sin saber manejar un arma. Conocía la realidad de primera mano. Sabía, además, que el armamento del Ejército Argentino era totalmente obsoleto y no existía la más remota posibilidad de hacer frente al ejército inglés de igual a igual. Esa guerra era inútil. Estaba perdida antes de comenzar y la rebeló ver a sus hermanas creyendo y rezando por una mentira y, además, por algo que era una injusticia. Y finalmente no pudo más. Con voz potente e indignada, en pleno laboriero, les dijo a las hermanas que no siguieran creyendo semejante canallada, que todo era una falsedad y que no se daban una idea de aquello que una locura de este dictador delirante estaba provocando. Les pidió, indignada y quebrada por el llanto, que no malgastaran la oración y que, por favor, vieran la realidad. Cientos de muchachos casi indefensos, estaban muriendo, si no era por las bombas y las balas inglesas, era de frío y de hambre. Estaban dando la vida por la locura de un borracho fanático que engañaba a todo el país diciendo que la guerra estaba siendo ganada. Dolida, seguramente, por haber hablado tan duramente a la comunidad y por albergar en su corazón el sufrimiento que recogía de las familias del barrio que perdían a sus hijos, salió al jardín en plena oscuridad y no volvió a entrar hasta la noche cerrada".