jueves, 9 de abril de 2020

El "celo devorador" (5ta Parte)



Hna. María Barbagallo, Liberaos y alzad el vuelo
Codogno 2018




Capítulo 5:
El "celo devorador":
Todo a la Mayor Gloria del Corazón SS. de Jesús




La espiritualidad que deriva de la experiencia cristiana de Madre Cabrini está estrechamente unida a la vida y a la práctica cristiana. Como San Pablo a los Colosenses, Madre Cabrini invita a “perseverar en la oración” (Col 4,2). En una larga página tomada de las cartas escritas durante sus viajes, insiste sobre la oración unida a la práctica de la virtud y sobre todo unida a la misión de Jesús:

“Orad, orad, sin descanso, porque la salvación de esta gente no está en la fuerza material, ni en la vana ciencia que nubla y ciega la mente, ni en las armas, ni en las industrias humanas, ni en los congresos estériles y diplomáticos, ni en todo lo que sabe a mundano y terreno, sino que la gracia de su salvación debe venir sólo del Corazón Adorable de Jesucristo, de este Corazón amantísimo del Supremo Pastor, que ha congregado unidos a los apóstoles y ha prometido gracia y bendición a todos los sucesores que fuesen fieles a la unión con la piedra fundamental, el Papa. Rezad, hijas, rezad mucho por nuestras Hermanas que se hallan en las diversas misiones de los Estados Unidos, para que el buen Jesús las asista, las ilumine y haga fecundas sus fatigas para convertir muchas almas. Sí, rezad con gran fe en las horas de adoración, porque si nuestras palabras no están fecundadas por Jesús, no podremos hacer nunca el bien.
La conversión de los pecadores, la santificación de las almas no dependen de la fría y estéril elocuencia humana y de las florituras de un estilo elegante o rebuscado; sino que todo depende de la gracia fecundadora de Jesucristo. Sí, sólo Jesús es la vida de nuestros santos discursos e insinuaciones; Él ilumina la mente, conmueve los corazones, siembra las virtudes, anima a emprender obras grandes y perfectas. Es Jesús el que, por la voz de quien enseña con celo y con fe, obra prodigios en las almas, renueva milagros, hace maravillas. Con cuánta sabiduría el buen Jesús penetra en el santuario de los corazones humanos. Respeta, eso sí, la libertad de todos, ilumina con la verdad y con su luz divina, conmueve e invita suavemente al premio celestial: sí, es Jesús, hijas mías, nuestro amado Jesús, que con su muerte venció al infierno y al pecado, y a quien el Padre celestial le dio como herencia todas las gentes. ¡Qué cosa tan consoladora es pensar que nosotras y toda la gente que queremos convertir, somos el Reino de Jesús, parte de la misión de Jesús, herencia preciosísima de Jesús! Y qué fiesta hace Jesús por la conversión de un alma pecadora, qué alegría experimenta su Divino Corazón, cuando recupera la oveja perdida. ¡Cuánta gloria cuando podemos reconducir de nuevo un alma a sus brazos amorosos! Y nosotras, ¿no querremos multiplicar estas alegrías al Corazón de Jesús, procurando, sea con la oración, sea con nuestras obras, nuevas conquistas de almas y nuevas adquisiciones de corazones que le amen mucho? Imitemos la caridad del Corazón adorable de Jesús en la salvación de las almas, hagámonos todas a todos para ganarlos a todos a Cristo, como lo hace Él continuamente. Si obramos así, hijas mías, ¡qué rica mies de méritos y de virtudes!; porque lo que hagamos a las almas, Jesús lo considera como hecho a Él. Él anota en el libro de la vida todos los trabajos, todas las penas, todas las cruces que nosotros sufrimos por la salvación y santificación de las almas. Él anota los días, las horas y los momentos que empleamos en este ejercicio, y todo, por la bondad soberana del Corazón Santísimo de Jesús, algún día nos será pagado con creces. Hasta una palabra que digamos con caridad, nos será ampliamente recompensada, porque cualquier cosa que se hace por y con Jesús, es siempre grande.”[1]



[1] Cfr. Entre una y otra ola, pág. 210-212

El capítulo completo lo encuentran en la carpeta "Material" o haciendo clic aquí.



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