jueves, 1 de julio de 2021

Hna. Virginia - Episodio 4: Más allá de lo habitual (5ta parte)

 


La Hermana Virginia no dejaba a las Hermanas de la Comunidad sin noticias; le escribía de este modo a la Hermana Provincial contándole los progresos de la misión.

"...no le puedo expresar con palabras el gozo que siento; le aseguro y lo reafirmo que nuestra buena gente vive en estos lugares apartados de las ciudades y de los pueblos con escasa asistencia religiosa. Vive sedienta de Dios y, cuando alguien se acerca a llevarles el mensaje de la Buena y Alegre Noticia, hacen cualquier sacrificio para llegar (...) Son realmente el Evangelio viviente. Frente a ellos, y al escucharlos hablar, me avergüenzo, pues veo que en muchas circunstancias esta gente identifica a Cristo más que yo. Vengo a enseñar, pero mucho más aprendo de ellos lecciones que procuraré poner en práctica. Los pobres, cómo saben sufrir y valorar el sufrimiento. El cielo será su recompensa: dichosos de ellos".

La naturalidad de Virginia en el trato con gente tan simple, impactaba, pero a poco de observar, uno descubría que ahí estaba el secreto: abajarse hasta la situación de esas personas, hacer sentir que era una más y que nada la diferenciaba de ellos. Sus alpargatas deshilachadas, el hábito de fajina, un poco desteñido, el sentarse y aceptar algo de lo poco que tenían para ofrecer era el lenguaje más convincente; era, se diría, su 'don de lenguas' que abría los corazones y hacía comprender, si no el mensaje en sí, la profunda intención del bien.

En la misma carta a la Superiora Provincial, Virginia escribió:

"Qué importa la casa incómoda, los ratones que abundan y no dejan dormir, el calor excesivo, el agua, que en este lugar es muy sucia y que hay que beberla sin mirar para no ver lo que flota; comida de pobre, mosquitos, pulgas, cuyas picaduras no se ven pero son insoportables, etc. Todo esto no se siente, se lleva con alegría pensando que Cristo es conocido, amado y servido por tantos hermanos nuestros".

Aquella urgencia del Corazón de Cristo de la que hablaba la Santa Madre, Virginia la había hecho carne. En un párrafo siguiente de la misma carta se ve como su celo está traspasado por el carisma cabriniano:

"Si realmente amáramos a Cristo deberíamos vivir inquietas y preocupadas como Misioneras, hijas de Madre Cabrini, de que en el mundo haya todavía tantas almas que ignoran que el Hijo de Dios, Jesucristo, se entregó hasta morir en la Cruz para la salvación del género humano".

Remite, su reflexión a lo que la Madre escribiera:

"¡Qué sublime espectáculo el de las almas que vuelan sobre la tierra como palomas, haciendo el bien, sin enredarse en sus estorbos (...); que vuelan sin cansarse o, mejor dicho, sin darse cuenta del cansancio aun cuando le falten las fuerzas materiales..."; Viajes, de Buenos Aires a Barcelona, agosto de 1896, pág. 190.

Y la Hermana Virginia continúa su carta escribiendo:

"Me olvidaba decirle, querida Madre, que los primeros días visitamos las casas andando a pie; después, decidí seguir la tarea apostólica y el reparto de ropas, calzado y medicinas usando un carro tirado por bueyes que nos prestaron. Es cansador también, pero las piernas reposan, pues en esta zona, las casas están muy distanciadas".



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