jueves, 22 de julio de 2021

Hna. Virginia - Episodio 5: Gratuidad del servicio (2da parte)

 


Algo muy particular llama la atención cuando se leen las reflexiones de la Hermana Virginia, escritas durante los retiros espirituales. Ella hace sus meditaciones con una evidente apertura espiritual pero al mismo tiempo, con una fina inteligencia que le era absolutamente natural. Hace sus reflexiones y se nombra a sí misma, se reprocha llamándose por su propio nombre como si eso le pusiera más luz a lo que ella vivía como defectos, o como si reforzara la intensa voluntad que ponía al hacerse sus propósitos.

En el retiro espiritual de diciembre de 1979 a enero de 1980, en el cuarto día, meditando sobre María como servidora, escribe:

"El servicio de María es gratuito. Es neto, limpio, transparente; no lo hizo para ganarse el cielo, para recibir retribuciones, sino por puro amor. Yo también debo ser servidora como Jesús y María. ¡Cómo me gusta ese adjetivo! Virginia, la servidora. Pero ayúdame, María, a serlo como tú; a ponerme siempre al servicio de mis hermanos, que es ponerse al servicio de Cristo. Servidora del que necesita alimento, vestido, medicina. Servidora del que sufre una enfermedad física; servidora del que tiene problemas de cualquier clase que sea; servidora universal de todos los ancianos, jóvenes, niños, mujeres, varones, sin distinción alguna. Servidora permanente de mis hermanos, todo el día a disposición de ellos. También los serviré con mi oración".

Y como propósito:

“Procuraré que mi servicio sea por amor; mi servicio no debe ser un trueque ni un negocio. Amo a Cristo, sirvo a Cristo por amor".

En el retiro de Cuaresma de 1982 anota:

"Mi servicio debe ser gratuito, no esperar nada, no crear deudas. Ayudo porque es mi hermano (...). En mi prójimo está Cristo, pero el servicio no especula con la salvación, no busca recompensa. Mi servicio debe ser permanente, sin horario".

Y se repite a sí misma reforzando su propósito:

"Recuerda, Virginia, que tu servicio debe ser permanente, sin horario, siempre dispuesta a ayudar a los hermanos, siempre con la misma sonrisa, con las mismas atenciones, como al mismo Cristo, sin tener en cuenta las frases de ingratitud que brotan de los labios de los necesitados, palabras no pensadas que no nacen del corazón, sino que son fruto de las grandes necesidades y que pronto se olvidan".

Otra vez aparece claro el espíritu, la palabra de la Santa Madre:

"María Santísima es el modelo perfecto de la religiosa, estúdienla hijitas mías, hagan esfuerzos por imitarla y encontrarán un Paraíso anticipado"; Cartas, Vol. I, pág. 212.

"Si reproducen en ustedes las hermosas virtudes de María Santísima Inmaculada, serán entonces verdaderas Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús", Cartas, Vol. 4, pág.281.

El quinto día del mismo retiro, meditando sobre María Inmaculada como corredentora, asociada a Cristo en la obra de salvación, Virginia escribe:

"Examinar mi vida (...) ¿Ayudo a Jesús a redimir el mundo con la cruz? (...) ¡Qué vergüenza, Virginia! Al examinarme compruebo que soy cobarde, poco austera, poco mortificada, huyo de la cruz en vez de buscarla y abrazarme a ella para cooperar en la redención de los hermanos. Madre mía, María, tu estuviste junto a la cruz; yo también quiero estar, pero soy cobarde, no sé sufrir, por eso te pido que tu me lleves; dame la mano como supongo que se la diste a Juan".

En otro retiro espiritual de julio de 1975, y meditando sobre la vocación religiosa, dice:

"Virginia, piensa en tu vocación religiosa. ¿La vives? ¿La realizas? De lo contrario, todo sería en vano. ¡Qué triste! ¡Cómo defraudo a Jesús cuando Virginia religiosa está, pero no ES! ¡Atención, Virginia, que por tu consagración debes ser signo escatológico! Piensa que eres una persona consagrada a Dios, al servicio de la Iglesia (...) Después del segundo día de mis ejercicios espirituales, a pesar de la paz, la confianza y alegría que siento, me pesa sobremanera lo poco que hago y lo mal que lo hago. ¡Ay, Jesús mío! Ten piedad de mí; perdón y misericordia. ¡Cuánta soberbia, egoísmo, pereza, negligencia, amor propio, respeto humano! ¡Cuánta despreocupación en el servirte y en servir a mis hermanos! (...) Ayúdame Señor, quiero seguir adelante mejorando con tu ayuda y con tu gracia"

"Acuérdate, Virginia, que tu fuerza evangelizadora y tu actividad apostólica dependen de tu oración (...). No te olvides, Virginia, que en tu hermana debes ver a Jesús, a una hija muy amada del Padre".

 


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