Continuidad
carismática y transformación profética
Sr. María Barbagallo, MSC
Hace cien años, cuando la Madre Francisca
Cabrini dejaba esta tierra, el mundo entero estaba entrando en un período de
profunda transformación que habían provocado, por un lado, las grandes
convulsiones dramáticas del nuevo siglo y, por otro, los profundos cambios
sociales y culturales que vivimos ahora, desde lo filosófico-antropológico, a
lo económico-estructural, a lo religioso-eclesial, moral y espiritual, y así
sucesivamente.
El Instituto de las Misioneras del Sagrado
Corazón de Jesús vivió plenamente este tiempo. Aunque no tenía muchos miembros,
sin embargo, era una realidad internacional con obras institucionalmente muy
complejas, confiadas a unas pocas miles de Misioneras que tendrían que
continuar y garantizar la eficacia y eficiencia de la gestión y, al mismo
tiempo, desarrollar la fuerza evangelizadora que debía dar sentido a su
trabajo.
La Madre Francisca Cabrini había fundado 67
obras, cada una de las cuales debía cumplir varias funciones: una Escuela con
todos los recursos de primaria y secundaria, orfanato, internado, obras
parroquiales de pastoral ordinaria y extraordinaria, oratorio y muchas otras
actividades que las Hermanas desarrollaban en poco tiempo. Baste citar estas
pocas líneas de una de las “Memorias”
de Nueva Orleans:
“Abiertas
las escuelas e iniciado el orfanato, las Hermanas se dedicaron desde el
principio a todo tipo de servicios solicitados por las necesidades de tantas
almas que esperaban su ayuda y consuelo. Así surgió el oratorio festivo para
las jóvenes, que se dividieron en las diversas asociaciones de Hijas de María,
de Luisas, de Ángeles, mientras que las más pequeñas se pusieron bajo la
protección del Niño Jesús. Se atendió también a las madres cristianas para las
cuales se fundó una Sociedad bajo el título del Rosario.”
Al crecer un poco la Comunidad, algunas
Hermanas fueron destinadas a visitar a los enfermos en los hospitales y en sus
domicilios, a visitar a los presos, a las familias y a pequeñas misiones en el
campo. Y aquí empieza lo que puede llamarse la edad de oro de la Misión. En
1897 la Madre, que estaba en Nueva York destinando a Nueva Orleans a unas
Hermanas, les dijo: “Os envío a una de
las más bonitas misiones del Instituto, una de las que más valoro”.
La inteligencia pastoral de Madre Cabrini supo
comprender la “modernidad” de la que habla muy bien Lucetta Scaraffia, dando a
las obras más complejas, como los hospitales, el enfoque organizativo que había
aprendido en los Estados Unidos, impulsada por el deseo de presentar las obras
no sólo eficientes, sino también hermosas.
Supo crear una sinergia de trabajo con
diversas funciones interdependientes entre ellas, guiados por un proyecto y un
objetivo común, “la gloria de Dios y la
salvación de las almas”. (Así se lee en las Reglas). La maduración de su
estilo, que debía ser familiar y acogedor, eficiente y sereno, organizado y
estéticamente agradable, estaba, sin embargo, todavía en construcción. Debía
afrontar en primer lugar la lucha por la supervivencia, los conflictos creados
por los muchos prejuicios en contra de las obras para los emigrantes italianos,
la fragilidad de las Hermanas dirigentes que a menudo entraban en crisis ante
situaciones tan complejas. Mientras, los tiempos cambiaban vertiginosamente. Y
cuando la Madre Cabrini falleció, se sintió dramáticamente el vacío de su
liderazgo. Muchas cosas estaban en sus inicios, otras por la mitad, en otras se
necesitaban intervenciones radicales.
Sin embargo en ese momento, después de las
reparaciones urgentes de la Primera Guerra Mundial, reparaciones no sólo
materiales, sino también morales y psicológicas (en Europa no había una familia
que no tuviese que llorar por algún muerto en la guerra o en los bombardeos),
después del shock inicial, surgió un nuevo liderazgo: los colaboradores de
Madre Cabrini y otras Misioneras que habían recibido su ejemplo, que habían
luchado y sufrido con ella durante 37 años, se secaron rápidamente las lágrimas
y se colocaron en primera fila para renovar, reconstruir, cambiar. En una carta
de febrero de 1918, Madre Giuseppina Lombardi, Responsable Provincial de los
Estados Unidos, dijo:
“... ¿Y
ahora qué? ¿Tendremos que abandonarnos a estos tristes pensamientos y, como si
fuéramos gente de poca fe, caminar a ras de la tierra? ¡Sursum Corda!
Reaccionemos y, mirando al Cielo donde esperamos que nuestra Madre esté
glorificada, enjuaguemos nuestras lágrimas y consolémonos por ser hijas de tal
Madre… … su espíritu ahora puede surcar el espacio, puede llegar a todas las
casas, … puede ayudarnos según nuestras necesidades...”.
Después del laborioso nombramiento de la Nueva
Madre General, Madre Antonieta Della Casa, la cual tenía muchas dudas para
aceptar la difícil tarea de continuar la obra de la Madre Cabrini, todo empezó
a caminar. Todo fue reconstruido, ampliado y modernizado. Se realizaron
proyectos que la Madre Cabrini había dejado sobre la mesa para los orfanatos,
los hospitales y las escuelas. Entre 1920 y 1940, más de 100 obras se renovaron
totalmente y se impulsaron con nueva actividad misionera. Además, las
Misioneras del Sagrado Corazón respondieron a las nuevas llamadas: la misión
creció extraordinariamente.
El deseo de realizar el sueño juvenil de Madre
Cabrini, de ir de misionera a China, fue la primera misión importante que se
realizó después de su muerte. El 18 de septiembre de 1926, 6 Misioneras -dos
estadounidenses, tres italianas y una argentina- a bordo del barco Mc Kinley zarparon
del puerto de Seattle a China. La misión en China implicó a todo el Instituto
de las Misioneras por el interés, la alegría, el deseo de saber cómo iba a ir
esa aventura. Las Misioneras que se turnaron durante los 25 años transcurridos
en las cinco fundaciones chinas, con dificultades y heroísmo, fueron 35. Entre
ellas cerca de 20 hermanas de nacionalidad china fueron el regalo más grande
que recibió la Congregación de las Misioneras del Sagrado Corazón.
El mismo período estuvo dedicado a la recogida
de la documentación de Madre Cabrini, que serviría para declararla Sierva de
Dios.
El interés de toda la Congregación por la
fundadora despertó también un fervor vocacional al que contribuyeron de manera
inequívoca la Beatificación (1938) y Canonización (1946) de Madre Cabrini
Cada Comunidad Misionera con cada Obra y
Misión, los colaboradores laicos y amigos, alumnos y gente del pueblo, fueron
los principales promotores de los procesos de Beatificación, enviando a Roma
miles de testimonios y documentos. La nueva Casa Madre de Via Ulisse Aldrovandi
en Roma, inaugurada en 1925, aún gozaba de la lúcida guía de la Madre Gesuina
Diotti, la figura más significativa después de la muerte de la fundadora. Pero
el trabajo cultural, la organización y la verificación de los datos sobre Madre
Cabrini y la primera biografía fueron obra de la extraordinaria Madre Saverio
De María. Junto con un grupo de otras Madres excelentes, se analizó, se
certificó, se codifico y ordenó rigurosamente todo para facilitar el trabajo
del Postulador de la Causa de la Congregación de los Santos en el Vaticano.
Fueron momentos de gran comunión internacional entre las misioneras y las
personas que frecuentaban las obras de Madre Cabrini.
También fue un momento de gran consuelo y
apoyo en la inmensa tragedia de la Segunda Guerra Mundial que obligó a las
Hermanas y a las misiones de Italia, Inglaterra y Francia, a afrontar las
penalidades de los bombardeos, la carrera por los refugios de cientos de niñas
huérfanas que salvar, para albergar a los heridos y huérfanos de guerra,
teniendo que inventar a diario nuevos trucos para sobrevivir. Así escriben las
Hermanas en una de las Memorias de
Londres:
“Después de haber
abierto las puertas a los ‘sin techo’ como parte de nuestra contribución a la
guerra, nos han asegurado que las casas permanecerán en nuestras manos porque
el gobierno confiscó las casas vacías para la gente que no tiene vivienda.
Ahora los bombardeos aéreos y los daños son continuos. Hemos superado muchos
peligros y no hemos tenido tiempo de pensar, vivimos dos días en uno porque
durante la noche no podemos dormir, tenemos que vigilar para evitar incendios, cuidar a los que viven con
nosotras y a los vecinos que vienen a refugiarse por la tarde y luego, durante
el día, hay que reparar los daños del ataque de la noche anterior, ventanas y
puertas, seguras siempre de que nada más terminar las reparaciones, nuevos
daños nos obligarían a añadir una vez más otra cosa nueva” (1940).
La Beatificación de Madre Cabrini fue entonces
una gracia que acompañó el sufrimiento de toda la Congregación y, sobre todo,
los tristes acontecimientos que perturbaban la Misión en China, provocados por
las guerras, las expulsiones y los saqueos.
No menos dramática fue la guerra civil de
España, durante la cual fueron incendiadas tanto las obras de Madrid como la de
Bilbao; se expulsó a las Hermanas italianas y se encarceló a las Hermanas
españolas. Uno de los muchos testimonios cuenta:
“El día 24 de
julio (1936), un amigo del Instituto llamó por teléfono y nos aconsejó salir de
la casa y la Embajada italiana nos instó a hacer lo mismo. ¡Qué doloroso dejar
la casa en la que se había trabajado tanto y en la que habíamos pasado tantos
años en el servicio del Señor! ¡Qué impacto nos produjo tener que quitarnos los
hábitos sagrados que vestíamos para usar ropa secular! La comunidad se dividió.
Las nueve Hermanas italianas se refugiaron en la Embajada y la Rev. Madre
Directora, después de consumir entre lágrimas y sollozos las sagradas hostias,
con las otras cinco Hermanas de nacionalidad española, buscó refugio con
familiares de una Hermana nuestra para comenzar el viaje doloroso del Calvario
que no se sabía dónde la llevaría, tal vez a la Cruz”.
Las Misioneras de nacionalidad española
comienzan así la historia de su captura:
“... en la noche
del 1 de agosto de 1936, se le permitió a nuestra Superiora partir con nueve
Hermanas de la prisión porque la Embajada italiana volvía a llamarlas con el
fin de repatriarlas. Con el corazón roto nos despedimos y cuatro de nosotras
nos quedamos en la cárcel de Madrid. Éramos tres españolas: Madre Antoniette
(su nombre seglar, Elisa Echave), Madre Andreina (Joaquina Pérez), Madre
Dolores (Pillar Valle) y una argentina, Madre Matilde (María del Carmen
Lagomarsino). Confiadas en el Sagrado Corazón y resignadas a sufrir todo por su
Santísimo Nombre, nos quedamos las cuatro juntas en nuestra celda…”
La alegría de la inminente Canonización de la
Madre Cabrini que tuvo lugar después, el 7 de julio de 1946, estuvo
ensombrecida por la muerte de la primera generación de Misioneras que, en las
diversas zonas del Instituto, habían apoyado la continuidad carismática, el
alma de la inmensa obra misionera de las Hermanas.
Había desaparecido en Roma la gran figura de
Madre Gesuina Diotti en 1941, sin duda, un faro al que todos miraban; Madre
Gesuina Passerini había muerto en 1919; Madre Agostina Moscheni, en 1927; la
Madre Maddalena Savaré, en 1928; Madre Giuseppina Lombardi, la gran misionera
de los Estados Unidos, en 1934; Madre Virginia Zanoncelli, en Argentina en
1938; Madre Saverio de María, en 1945 sin poder ver la Canonización de la Madre
Cabrini. Y después, muchas Misioneras excelentes como la Madre Grazia Alice,
Madre Domenica Bianchi, la pionera de la Misión de China, Madre Luigina
Michelini, Madre Andreina Bini, Madre Augusta Rocchi. Madre Rosario Marchesi,
responsable de Brasil, murió muy anciana en 1967 en Roma, cuando el Instituto
de las Misioneras entraba en una nueva fase que ella estaba intentando afrontar
serenamente.
No sólo desaparecieron las Misioneras que
habían conducido las obras y las misiones, sino también las que no habían
tenido roles de dirección. Las primeras 200/300 Misioneras que habían visto
realmente el comienzo de la aventura de Madre Cabrini, habían dado su vida para
mantener encendida la llama que el tiempo, las dificultades y las enfermedades,
pudieran debilitar.
Dejaron el campo bastante organizado
institucionalmente, con muchas más obras, en las que la segunda generación de
Misioneras gastó todos sus recursos físicos, intelectuales y espirituales.
Gracias a las nuevas Misioneras locales, especialmente en los Estados Unidos y
en América del Sur, la llama se reavivó con nuevos métodos pastorales y nuevas
reorganizaciones y un esfuerzo mayor por inculcar el Carisma.
En 1948 partieron para Australia diez
Misioneras al enterarse de que otras Hermanas no iban a continuar con un
hospital que estaba bastante dañado. Los sacrificios de esas Hermanas fueron
enormes y no faltaron las humillaciones por el prejuicio habitual de ser
Hermanas de una congregación italiana. La tercera Superiora General, la madre
Valentina Colombo, experta en hospitales construyó uno completamente nuevo. Del
primer período de este hospital, hoy mucho más grande y también muy eficiente,
incluso desde un punto de vista pastoral, tenemos un interesante testimonio en
una carta escrita en 1951 por un sacerdote irlandés, encargado por la diócesis
de visitar la obra de las Religiosas italianas y más tarde hospitalizado allí:
“Estas Buenas
Hermanas, excelentes Misioneras, ofrecen a Dios con generosidad, mejor aún, con
alegría, el sacrificio de su duro trabajo y el exilio voluntario de su patria.
En el hospital hay cerca de 50 camas siempre ocupadas, porque en el Estado de
Victoria, del que Melbourne es la capital, escasean los hospitales; todos los
días se hacen seis o siete operaciones en la única sala de operaciones. En tres
años las Hermanas han atendido a más de tres mil pacientes. Y estos pobres
¿quiénes son? Son sacerdotes, religiosos y religiosas, son hombres y mujeres,
son niños, son católicos y protestantes e incluso no bautizados.
Entre los
enfermos de S. Benedetto, yo mismo hablé con judíos, anglicanos, metodistas;
encontré gente de todas las nacionalidades: australianos, italianos, ingleses,
irlandeses, alemanes, polacos, croatas, húngaros, etc.
Hace unos meses
estuve en el hospital como enfermo y experimenté la bondad de sus buenas
Hermanas; mientras permanecí allí, visité a otros pacientes y, entre ellos,
encontré a muchos protestantes; les pregunté qué pensaban de las Hermanas
católicas, de las Hermanas italianas, todos me respondieron unánimemente: ‘Las
Hermanas son verdaderos ángeles’. Algunos añadieron que las Hermanas dan un
magnífico ejemplo de caridad cristiana, al haber dejado su tierra natal para
venir a un país extranjero a cuidar a extranjeros, no católicos, con tanta
bondad”.
Sin embargo, aunque de las funciones más
difíciles se ocupaban grandes figuras de corresponsables laicos, se advertía
que, al gestionar las grandes obras -cada vez más complejas para adaptarlas a
las nuevas reglas que la sociedad industrial imponía-, se corría el riesgo de
sacrificar a las personas, de apagar la frescura del Carisma, de absorber toda
la energía vital.
Las señales de las crisis institucionales,
provocadas también por los rápidos cambios de la sociedad y la disminución de
vocaciones, coincidieron con una nueva sensibilidad eclesial que encontró un
terreno fértil en el Concilio Vaticano II. Un cambio providencial y
significativo en la estructura de la Iglesia llevó a la renovación de la vida
religiosa, no sólo en sus estructuras, sino también en la recuperación de los
principios más genuinos que representaban el alma de las congregaciones
religiosas.
El cambio del Instituto de las Misioneras del
Sagrado Corazón fue tal vez demasiado rápido para penetrar inmediatamente en lo
más profundo del corazón y de la praxis misionera, pero dio lugar a una nueva
interpretación del carisma. Para esta difícil transición fue providencial la
madre Chiara Grasselli, Superiora General de 1967 a 1971.
La espiritualidad del Sagrado Corazón de
Jesús, profundizada bíblica y espiritualmente, hizo retomar aquella fuerza
evangélica que es inspiración siempre actual y nueva y que, con la guía del
Espíritu Santo, se encarna en el tiempo, asumiendo las formas más adaptadas a
la cultura, a las personas, al modo apostólico. La reflexión cristiana sobre la
realidad lleva necesariamente a leer la misión cabriniana desde la perspectiva
profética: ser presencia cristiana inserta en el corazón de la gente, anunciar
la esperanza del Reino sobre todo a los pobres, iluminar con la Palabra de Dios
y el discernimiento evangélico las elecciones que se deben hacer. Pero, por
encima de todo: consolar, compartir, ser solidarios y comprometerse en la
defensa de los valores evangélicos de la verdad, la justicia y la paz en favor
de la vida abundante que Jesús quiso traer a la humanidad.
La misión cabriniana continuó en las
instituciones abriéndose más a los pobres, se trasladó a las periferias, a las
zonas más olvidadas, se hizo más “cercana” de los marginados, se orientó hacia
una espiritualidad en éxodo continuo. El camino es arduo, las sendas tomadas
son desconocidas, el resultado es incierto. Como Madre Cabrini se convirtió en
una inmigrante con los inmigrantes sufriendo la misma marginalidad cada
Misionera experimenta hoy su desierto que la evangeliza. La alegría del
Evangelio se puede anunciar y se puede llevar la sonrisa de la vida allí donde
la vida está amenazada. Así se hace presente a Jesús en la historia. En una
entrevista de hace unos años, el Cardenal Ratzinger dijo:
“La
venida real de Cristo se realiza cuando Él ya no está ligado a un lugar fijo o
a un cuerpo físico, sino como el Resucitado en el Espíritu capaz de ir a todos
los hombres de todos los tiempos, para introducirlos en la verdad de forma cada
vez más profunda. Me parece claro que -justo cuando esta cristología
pneumatológica determina el tiempo de la Iglesia, es decir, el tiempo en que
Cristo viene a nosotros en Espíritu- el elemento profético, como elemento de
esperanza y actualización del don de Dios, no puede faltar o venir a menos.”
En este espíritu toman vida: la misión en el
Líbano, las Misiones africanas, primero en Swazilandia, en Mozambique y luego
en Etiopía. Las misiones insertas de Brasil, de América Central, de las
periferias de las ciudades argentinas. Las comunidades de emigrantes en los
Estados Unidos y en las periferias de las grandes ciudades de Milán, Palermo y
Ragusa, en Italia. En Escocia, Portugal, Inglaterra, España, Suiza, Luxemburgo,
la ola de la nueva inmigración encontró a las Misioneras de la Madre Cabrini.
Unas veces por poco tiempo, otras por el tiempo necesario para desplazarse por
llamadas urgentes. Por supuesto, la precariedad acompaña a las personas con las
que se comparte la vida. En 1968 se incorporó al Instituto de las Misioneras
del Sagrado Corazón de Jesús, una pequeña Congregación Religiosa siciliana:
Instituto Sagrado Corazón (Zirafa).
En tiempos más recientes, después de las
misiones en Paraguay y en México y de breves misiones no permanentes, las
semillas de esperanza que las Misioneras de Madre Cabrini están llamadas a
hacer germinar, deben escribir nuevas páginas de pasión misionera.
Para guiar, sostener y orientar la Misión se
celebran desde 1968 hasta hoy, los Capítulos Generales. Su función es renovar
el Gobierno de la Congregación y, además, reflexionar, evaluar e interpretar
las necesidades del presente, para guiar el futuro de la vida religiosa y de la
Misión. Estas Asambleas Internacionales -preparadas en encuentros locales y
nacionales- son el resultado de la participación en un espíritu de comunión
siempre buscado y querido.
Desde el primer Capítulo Extraordinario,
celebrado en 1967/68, todas las Misioneras que siguieron adelante, después de
la Madre Chiara Grasselli, dieron un nuevo impulso profético: Madre Lucía
Víctor Rodríguez, Madre Regina Casey, Madre María Barbagallo, Madre Lina
Colombini, Madre Patricia Spillane, Madre María Aparecida Castro, Madre Bárbara
Staley, actualmente en el cargo. Fueron apoyadas por otras muchas excelentes
colaboradoras: las Asistentes Generales y las Superioras Provinciales o
Regionales. Demostrando un gran sentido de pertenencia, gestionando una
transformación todavía en marcha, siempre guiadas por el Carisma como don del
Espíritu Santo a la Iglesia.
Con Madre Cabrini, ideal y humildemente unida
a la “Barca de Cristo” soñada por ella, “surcando
todos los mares, para llevar el nombre de Jesús a los que no lo conocen o lo
han olvidado”, las Misioneras caminan ahora con los voluntarios,
colaboradores y colaboradoras laicos, Misioneras Laicas Cabrinianas,
organizaciones y asociaciones que se reúnen en el camino hacia el Reino de
Dios.
La gratitud por un pasado de heroísmo y de
actividades apostólicas, la esperanza del presente y del futuro están puestas
en el Corazón de Jesús, del que han nacido.
Mi mas profunda alegría de celebrar estos 100 años!!!
ResponderEliminarMe siento profundamente feliz de haber sido educada como Cabriniana!!!
Quiero profundamente a la Congregación aunque muchas veces es difícil tener un contacto más directo con ustedes, cosa que celebraría mucho tenerlo y participar aunque más no sea un poquito en parte de la obra...
Les mando mis más sinceras bendiciones a todas ustedes, que la obra de Madre Cabrini nunca desaparezca y pido siempre a Dios por más vocaciones!!
Las quiero con un corazón��
(Violeta) muy grande!!!
Silvia Stivala.