jueves, 24 de octubre de 2019

"Liberaos y alzad el vuelo" (7ma Parte)






Hna. María Barbagallo, Liberaos y alzad el vuelo
Codogno 2018




Capítulo 2:
“Liberaos y alzad el vuelo”
En el misterio de Dios




Frecuentemente el saludo que Madre Cabrini ponía al final de sus cartas era:

“El buen Jesús te bendiga y por su Santísimo nombre, te dé un alto grado de santidad que te haga volar a aquella altura donde uno se olvida de la tierra y de sus miserias”.[1]

Volar permite también mirar las cosas de manera más amplia, más objetiva, más general, favorece las condiciones para discernir mejor los acontecimientos, para resistir las manipulaciones de la verdad, para no tomar decisiones precipitadas, para explorar las diversas posibilidades:

“Aprendamos en las dificultades a sobrevolar instantáneamente un poco más para arriba del techo de nuestras miradas, porque, más arriba aún, siempre está preparada la gracia, adecuada a cuanto necesitamos en el desempeño de nuestro oficio y en la práctica de cada virtud y deber”.[2]

Y así describe el alma despegada de todo el que se encuentra en la privilegiada situación de tener una óptica nueva:

“... es valiente en las empresas. Firme y constante en el bien, no la veréis nunca torcer ni a derecha ni a izquierda. Las alabanzas no la exaltan, las humillaciones no la abaten, las contradicciones no la aterrorizan, las tempestades no la sumergen. Prudente como la serpiente, nunca hace caso de las sirenas halagadoras que intentan perderla. Tiene fino discernimiento, sano juicio, y dondequiera ve siempre claro y limpio, cumple siempre con su deber que lleva a cabo independientemente del respeto humano. Se ve claramente que ella sólo se ha fijado en Dios y a Él solo se entrega con toda el alma y todas las fuerzas”.[3]

Las alas que nos elevan hacia arriba porque son atraídas por la luz de Dios, son también según Madre Cabrini, las alas de la “confiada esperanza”. La esperanza es de hecho un estado del alma que hace posibles cosas aparentemente imposibles. Es una fuerza interior que nos hace asumir el riesgo en las empresas difíciles, porque nos hace audaces y valientes en medio de dificultades graves:

“Confiad contra toda esperanza y nunca seréis confundidas. Repetid a menudo: In te, Domine, esperavi, non confundar en aeternum (En ti Señor esperé, no quedaré confundido eternamente). Y diciéndolo de corazón, alargaréis las alas de la esperanza confiada que alegra el espíritu”.[4]




[1] Cfr. Epistolario, Vol. 3°, Lett. n. 840
[2] Cfr. Epistolario, Vol. 2°, Lett. n. 478
[3] Cfr. La Stella del Mattino, pág. 180
[4] Cfr. Entre una y otra ola, pág. 70


El capítulo completo lo encuentran en la carpeta "Material" o haciendo clic aquí



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