jueves, 25 de noviembre de 2021

Hna. Matilde - Episodio 7: "Matiguás" (Novena parte)

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En medio de situaciones así, era lógico que en la escuela se vivieran las consecuencias. Cuando los combates se hicieron más cercanos a Matiguás, algunos de los alumnos murieron y otros resultaron heridos. Las hermanas de la comunidad, no solamente se vieron afectadas por esa desgracia, sino que acompañaban a las familias en su dolor y desesperación por la pérdida de sus hijos a una edad tan temprana.


"A medida que se daban esos tremendos combates empezaron a traer a la capilla a hijos de familias conocidas, para que reciban la bendición final. Había entre los muertos un muchacho vecino que quería ser sacerdote; otro vecino que solamente tenía quince años. Un alumno mío llamado Moncho fue baleado mientras iba en un jeep a llevar dinero para comprar comida a los soldados. Lo sorprendió una emboscada. Este muchacho que era mi alumno fue herido gravemente en una pierna y a pesar de eso corrió por el campo y cuando no pudo más, se tiró en medio del campo y se hizo el muerto. Uno que se tiró al lado de él, también herido, fue rematado por los de la contra. El cerró los ojos y mantuvo la respiración. Tenía la cara contra un hormiguero, se hizo el muerto. Aguantó todo lo que pudo y escuchó que decían: este está muerto, dejá, no gastes una bala, ya está muerto. El papá estaba desesperado, venía a casa y nos decía que iba a comprar el cajón porque su hijo ya estaba muerto. Lo buscó por todos los pueblos vecinos y no lo encontró. Y compró el cajón esperando que se lo trajeran muerto. En realidad, lo había rescatado un helicóptero que lo llevó al hospital de Matagalpa, pero la herida era tan grave que lo derivaron a Managua. Le salvaron la pierna. Ahora vive en Macadán, su hermana trabaja de maestra y uno de sus hermanos se recibió de médico y es parte de Médicos sin Frontera. Me visitó en Buenos Aires y fue un encuentro muy emotivo".

Sin embargo, la guerra en pleno fragor no era impedimento para que los muchachos siguieran estudiando. Querían ir al Instituto. La Hermana Ana Gilma acompañaba a cavar trincheras de protección a los chicos de quinto grado. Ellos hablaron con Matilde y le dijeron que no querían perder el año. La realidad era que como los combates eran tan intensos y se desarrollaban tan cerca, tenían que ir armados para defenderse en caso de un ataque imprevisto. Las clases terminaban a las diez de la noche. Ellos venían con sus trajes camuflados. Matilde consintió que llevaran armas, pero debían dejarlas en secretaría.

Para que el Instituto funcionara con todos los adelantos posibles, Matilde consultaba, organizaba, llevaba a los alumnos a fincas modelo para que vieran los métodos de vacunación, de registro, de ordeñe mecánico y hasta el proceso de inseminación artificial. La Madre Regina Casey, General en ese momento, le dio mil dólares; con ese dinero fue a México y compró material de lectura apropiado, varios ejemplares de cada texto, y armó la biblioteca. Los mismos soldados, por la noche, cuando estaban en Matiguás, iban a leer.

Matilde se quedó en el pueblo hasta terminada la primera promoción del Ciclo básico. El Colegio quedó organizado, con los libros en orden y al día, y todo funcionando.

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