lunes, 9 de diciembre de 2019

A volar




A volar

El lema propuesto para el próximo Capítulo General: “Libérense, desplieguen sus alas”, está muy bien analizado y desarrollado desde la espiritualidad cabriniana en el capítulo 2 del libro “Liberaos y alzad el vuelo” de la Hna. María Barbagallo.
Por ese motivo, quise tomar para esta breve reflexión, el estribillo de la canción que compuso la Hna. Gabriela Aravel: “Ponte alas y a volar”.
A pesar de su brevedad, posee una concentración temática realmente notable.
Dice así...


Ponte alas y a volar
que allí está tu libertad,
ponte alas, vuela alto
que la vida espera ya.
Ponte alas y a volar
que allí está tu libertad
ponte alas, vuela alto
y sin miedo a planear:
Con sueños, viviendo con otros
en marcha, unidos a vos.


Ponte alas y a volar…
La frase de Madre Cabrini –traducida al español de varias maneras– aparece en una carta escrita el 18 de abril de 1890 durante su segundo viaje a Nueva York, donde aconsejaba a sus Hermanas a liberarse de aquellos afectos que pudieran estar interfiriendo en su total consagración al Corazón de Jesús.
Liberarse, extender las alas –o ponérselas–, volar, son imágenes simbólicas que podemos interpretar de distintas formas, entre ellas, como aquello que el ser humano tiene como máxima realización, como posibilidad de romper los límites, de ir más allá, de trascender. Volar está simbólicamente asociado al cielo, lugar mítico de los dioses y de la vida eterna o bienaventurada.
Este deseo de trascendencia, inscrito en lo más profundo del ser humano, para nosotros los cristianos, está directamente relacionado con la acción de Dios en nuestra vida y en la historia. Creemos, en concreto, que Dios intervino definitivamente en Jesucristo para realizar eso que llamamos “la salvación”.
Habitualmente entendemos que accedemos a esa salvación en la medida en que estamos en comunión con Dios, de hecho, describimos la vida cristiana como la identificación con la persona y el proyecto de Jesús. Esta identificación, se daría, principalmente, por la mediación de los sacramentos, ya que, a través de ellos –decimos– Dios nos “da” su gracia, es decir, nos transforma, haciéndonos partícipes de su vida divina.
San Pablo en 2Cor 5,17 dice:
El que vive en Cristo es una nueva criatura:
lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente”.
Sin negar esto, creo que hay otra forma, tal vez más profunda, de entender este don de Dios, esta invitación a participar de su vida divina, esta “nueva criatura”, de la que habla Pablo, y es tomar este don, no como algo que Dios “da” a través de algunos ritos, sino como algo constitutivo del ser humano creado por Dios. Lo digo de otra manera con un ejemplo: no es que Dios elige a algunos para que sean sus hijos (esos que recibieron el bautismo), sino que crea a todos los seres humanos como hijos suyos, ¿acaso no dice la Palabra de Dios que fue creado a su imagen, como varón y mujer? (Cfr. Gn 1,27). De este modo, los sacramentos dejan de aparecer como unos “ritos mágicos”, para ser, en la comunidad de la Iglesia, los “signos sensibles y eficaces de la gracia de Dios…” (Cfr. CCE 1131), gracia que comunicó al ser humano –a todo ser humano–, desde el origen.
La teología bíblica va en este mismo sentido. Dios es el que siempre toma la iniciativa, por eso, la respuesta más auténtica para con Él, es la alabanza y la acción de gracias. Cuando soy capaz de descubrir la obra de Dios, no me queda nada por pedir, como María en el Magníficat, que proclama la grandeza del Señor por las maravillas que obró en ella y en su pueblo (Cfr. Lc 1,46-55).
“Ponerme alas y volar” podría ser, entonces, reconocer mi verdad más profunda: ¡soy hijo de Dios! Es más, Dios me ha dicho desde el seno materno: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección” (Mc 1,11). Se lo dijo a su Hijo, Jesús, y en Él, nos lo dijo a todos…
El problema es que no siempre esto lo tenemos tan claro y es “la tarea” de la vida el descubrirlo y experimentarlo. Soy consciente de que no estamos diciendo nada nuevo… en el siglo VI a.C., en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos, ya estaba escrito el famoso “Conócete a ti mismo”.
Reconocer que soy –que somos– el hijo de Dios, representa y contiene, además, la respuesta a nuestro triple interrogante existencial: en primer lugar responde directamente al “quién soy”: el hijo de Dios; en segundo lugar responde al “por qué soy”: porque Dios me quiso y en tercer lugar, responde al “para qué soy”: para amar, que es nuestra capacidad de trascendencia, lo que nos hace semejantes a Dios… [“de tal palo, tal astilla”].
San Pablo, en Rom 8,14-17 dice:
Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abba!, es decir, ¡Padre! El mismo espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados con él”.
Y Jesús dice también:
Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8,31-32).
Por último, Pablo, en 2Cor 3,17 agrega:
Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad”.
La conclusión de estos tres textos es clara: es en y por el Espíritu que podemos reconocer y experimentar la filiación divina, nuestra verdad más profunda, y esa es la verdad que nos hace libres, porque donde está el Espíritu, está la libertad…
Justamente eso es lo que indica el segundo verso del estribillo…

que allí está tu libertad…
Saber quién soy, conocer mi identidad, es la condición necesaria para ser libre.
[Se abre aquí un camino de reflexión maravilloso que en algún momento tendríamos que animarnos a recorrer: no necesariamente lo que creo de mí es mi verdad, mucho menos lo que los otros creen y dicen de mí; parece ser que lo más sabio es escuchar qué dice Dios –después de todo, Él es el que me hizo–, dejar que el Espíritu sea el que me enseñe, me inspire, me guíe…]

Y así estamos invitados a andar: “libres como los pájaros”:
Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido?
Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?
Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,25-26.33)

Del mismo modo que el volar está asociado naturalmente con la libertad, el “volar alto” lo está con los grandes ideales…

Ponte alas, vuela alto…
El amor es el que nos da –o nos hace desplegar– las alas para volar alto, es nuestra capacidad de trascendencia, como decíamos antes, porque es lo que no tiene límite, es el Espíritu en nosotros, lo divino de lo humano. Dice Pablo:
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5,5).
Y el poeta Silvio Rodríguez, desde otra perspectiva, canta:
Sólo el amor alumbra lo que perdura.
Sólo el amor convierte en milagro el barro.
Sólo el amor engendra la maravilla.
Sólo el amor consigue encender lo muerto.

Esto lo descubrió, y muy profundamente, Madre Cabrini, que en el Sagrado Corazón de Jesús se sintió engendrada y amada por el que “convirtió en milagro su barro”. De allí tomó la fuerza para volar y volar alto, ya que “todo lo podía en Aquél que la confortaba” (Cfr. Flp 4,13). 

El cuarto verso concluye…

que la vida espera ya…
¿A qué vida se refiere? [habría que preguntarle a Gabriela…]. Yo creo que se refiere a la vida verdadera.
El autor del evangelio de Juan plantea algo parecido. Para él, vivimos como dos vidas al mismo tiempo; una tiene que ver con lo que nos hermana con todos los seres vivos y otra es la que llamamos la “vida de la gracia”, la vida divina, la que Dios nos participa por ser sus hijos, la que descubrimos por la fe…
Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna” (Jn 6,47).
Notemos que no dice: “el que cree, tendrá vida eterna”, no, lo dice en presente; por la fe, ya estamos viviendo ahora la vida eterna. Y esa es la vida que nos está esperando, sí, que está esperando que nos demos cuenta que la tenemos ahí, para vivirla, una vida que está en potencia, latente, escondida, replegada y tenemos que ponerla en acto, hacerla patente, descubrirla y desplegarla como las alas…
Luego, el estribillo repite lo mismo, excepto en el último verso:

y sin miedo a planear…
Planear es lo que hacen los pájaros sin mover las alas, aprovechando su natural aerodinámica y las corrientes del aire.
Los “planeadores”, están hechos según el modelo de las aves. Tienen enormes alas, son muy livianos y son remolcados por un avión, que a la altura precisa, los deja libres.
Dicen, los que han tenido la experiencia, que lo que se siente es maravilloso, sobre todo por la serenidad y el silencio, la sensación de flotar en el aire, sin propulsión, sólo dejándose llevar, sólo disfrutando…
La imagen no puede ser más perfecta. Como dijimos más arriba, podemos volar y volar alto, porque creemos que somos hijos de Dios, porque en Él está nuestra fuerza y nuestro refugio (Cfr. Sal 91), porque…
Sólo en Dios descansa mi alma,
de él me viene la salvación.
Sólo él es mi Roca salvadora;
él es mi baluarte: nunca vacilaré” (Sal 62,2-3).
Podemos planear, justamente, porque no tenemos miedo, y no tenemos miedo porque...
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.
Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él...
En el amor no hay lugar para el temor: al contrario, el amor perfecto elimina el temor, porque el temor supone un castigo, y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor.
Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1Jn 4,16-19).
El salmista, en el Antiguo Testamento, también cantaba:
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el baluarte de mi vida,
¿ante quién temblaré?” (Sal 27,1).
Dios, nuestro Padre/Madre, nos dice con ternura:
“No temas, porque yo estoy contigo, no te inquietes, porque yo soy tu Dios;
yo te fortalezco y te ayudo, yo te sostengo con mi mano...” (Is 41,10).
Por eso:
... los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas,
despliegan alas como las águilas;
corren y no se agotan, avanzan y no se fatigan” (Is 40,31).

***

Como se imaginarán, podríamos seguir y seguir… pero con el fin de que no se haga tan largo (al principio hablé de “breve reflexión”), al menos por ahora, me detengo aquí.
Los temas están apenas esbozados. Espero que esto les sirva como un empujón inicial (¿como el del avión con el planeador?), para que cada uno siga luego su propio camino…

***

Antes de despedirnos…
Nos quedan todavía los dos últimos versos, que contienen cuatro nociones fundamentales de la experiencia cristiana. Me limito, simplemente, a nombrarlas, para que no nos quede incompleto el estribillo (tal vez sean los temas de un posible próximo aporte):

Con sueños, remite a la esperanza;
viviendo con otros, a la dimensión comunitaria;
en marcha, al camino del discipulado y
unidos a vos, que explicita lo que estaba implícito desde el principio: la identidad cristiana.

***

Para los que quieran seguir profundizando en esta línea, les recomiendo dos textos que están disponibles en la carpeta “Material” del blog.
En primer lugar, obviamente, el excelente texto de la Hna. María Barbagallo: Liberaos y alzad el vuelo y en segundo lugar, un texto que escribí hace unos años, justamente, en relación con el lema del XIV Capítulo General: No teman.

Hasta el próximo encuentro…


Pablo Cicutti
Buenos Aires, Argentina
Diciembre de 2019




jueves, 5 de diciembre de 2019

"Suene, suene tu voz..." (3ra Parte)


Hna. María Barbagallo, Liberaos y alzad el vuelo
Codogno 2018




Capítulo 3:
"Suene, suene tu voz…":
En la escuela del Sagrado Corazón de Jesús




La unión con Dios es una gracia que recibimos aceptando el amor de Dios para con nosotras y dejándonos transformar por Él, sabiendo que es un camino de conversión y de “desmantelamiento” de nuestros esquemas cuando son asociados a un falso sentido de la afirmación según la cual podemos ser los árbitros absolutos de nuestro destino: 

“... dejad que yo repose un momento la cabeza en vuestro Corazón para entender los secretos celestiales que en él se encierran y escuchar con claridad todo lo que vos deseáis de mí, con el impulso fervoroso para practicarlo bien todo, porque no quiero haceros esperar más a la puerta de mi corazón.”[1] 

A través de una ascesis constante, y a veces dolorosa, se puede aprender de Jesús el camino de esta experiencia: 

“¡Qué bueno es el Corazón santísimo de Jesús con nosotras! ¿Y qué quiere Él en recompensa por tanto amor? Nada más que un perfecto abandono en Él y un esfuerzo continuo por conformar nuestra vida a la suya crucificada, tomándole como modelo en todos los acontecimientos y en todas nuestras acciones, uniendo todos nuestros pasos a los suyos para no caminar sino en los caminos de su santo amor, como nos es propio a nosotras que estamos consagradas únicamente a su divino servicio ¡Felices nosotras si somos del Amado de nuestra alma para siempre, dejando en posesión suya nuestro corazón, nuestro amor, nuestros afectos, inclinaciones y ternuras! Sabed, hijas, que el Corazón Santísimo de Jesús quiere o todo o nada; no quiere porciones, no le gustan las divisiones, porque ¡ay de nosotras si todavía mantenemos nuestro afecto por las creaturas o por nosotras! Todo, todo debe ser del Sagrado Corazón de Jesús, todo sin excepción.”[2] 

Vuelve constantemente a aquella recomendación a “dejar” otros amores para poseer El Amor por excelencia y siente la dificultad de convencer a los demás si ella misma no lo experimenta: 

“Trataré de tener la mirada fija continuamente en la presencia de Dios y haré por mi parte todo lo que pueda para que mi corazón se pierda en ese océano de Amor, su centro, para obtener poco a poco la facilidad de hacer todas las cosas con tranquilidad inalterable. La íntima unión con Dios llena al alma de una fuerza invencible que le hace capaz de soportar todo sin alterarse.
El amor de Dios triunfa en todo, siendo un fuego que embistiendo al objeto lo convierte en fuego, y la mirada fija en Jesús, vuelve al alma justa y ordenada, haciéndola Él partícipe de su inmutabilidad.”[3]

La propuesta de Madre Cabrini, sobre todo a sus Misioneras, para realizar este Paraíso en la tierra que es la unión inefable con Dios Creador, está llena de fascinación porque revela la inquietud por comunicar una experiencia de felicidad que de otro modo no sería posible:

“El alma abandonada perfectamente en los brazos del Omnipotente no desea ni gusta ya las cosas de la tierra, no se alegra más que en Dios y, cualesquiera que sean las disposiciones de la Providencia sobre ella, como se ha abandonado por amor, experimenta en aquellas disposiciones un gozo purísimo (porque la naturaleza no toma parte) y en su pureza, que es excelente, encuentra aquella alegría inefable que corre como a torrentes deliciosos en su corazón, siendo semejante, dentro de lo posible en esta tierra de destierro, al gozo que experimentan los bienaventurados del cielo al cumplir puntualmente la santa, amable y adorable voluntad de Dios.”[4]



[1] Cfr. “Pensamientos y Propósitos”, pág. 153-154
[2] Cfr. “Entre una y otra ola”, pág. 199
[3] Cfr. “Pensamientos y Propósitos”, pág. 161
[4] Cfr. “Pensamientos y Propósitos”, pág. 162-163

El capítulo completo lo encuentran en la carpeta "Material" o haciendo clic aquí


jueves, 28 de noviembre de 2019

"Suene, suene tu voz..." (2da Parte)


Hna. María Barbagallo, Liberaos y alzad el vuelo
Codogno 2018




Capítulo 3:
"Suene, suene tu voz…":
En la escuela del Sagrado Corazón de Jesús





Madre cabrini dirá en una de tantas referencias al Sagrado Corazón:

“Mi Jesús, tengo sed de Ti, Padre mío, de Ti mi Esposo, de Ti mi amor, de Ti mi amado.[1]

y explica:

Las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús deben participar de la amplitud de este Corazón Divino que todo lo abarca, todo lo comprende, todo lo anima, todo lo une y concentra junto a sí. Esto es precisamente lo que nos anima en las momentáneas separaciones y lo que nos hace fuertes de su misma fortaleza, lo que nos comunica toda gracia. Él es nuestro verdadero Tesoro; amémoslo con todo el corazón, sirvámosle fielmente, hagámosle conocer a todos, y a todos animemos a despegarse de las criaturas, de todas las cosas, de sí mismos, para lograr poseer su perfecto amor, que es un Paraíso anticipado. Todos vuestros afectos, hijas, concéntrense en este hermoso Corazón y seréis siempre verdaderamente felices.”[2]

Por tanto “el Corazón de Jesús se convierte en el símbolo de su amor fiel, eterno y definitivo, como aquel ratificado por la Alianza que Dios ha querido establecer con su pueblo; un amor universal, tal que no excluye ni siquiera a los enemigos, que se expresa en su conciencia cuando se cumple su hora. Y esto sucede al final de sus días en la tierra, en la Última Cena con la institución de la Eucaristía, en el Calvario con la inmolación sobre la cruz libremente querida y con el don de su Madre y de la Iglesia.”[3]
Madre Cabrini recalca en todos sus escritos y referencias apostólicas y en su enseñanza a las Religiosas, el misterio del amor de Dios por la humanidad y por cada uno de nosotros. La presencia de Dios “en el centro del propio corazón”,[4] la configuración necesaria de nuestro corazón con el Corazón de Cristo, experiencia que se imagina vivida por ella misma con el “cambio de corazón”, expresa el tema de la alianza con Dios en la consagración a Él, el culto a la Eucaristía, la inserción en la vida y Pasión de Cristo y por lo tanto, en el misterio de la Redención, en la mística de la reparación y en el mandato a la misión de la evangelización como la expresión última de dar gloria a Dios.
Su vida y su misión son expresión de esta intensa doctrina no elaborada teológicamente, sino vivida y experimentada en la experiencia cotidiana. Inserta en el Corazón de Jesús, Madre Cabrini invita a aprender la doctrina del amor de Dios:

“Esta alma, hecha cada vez más bella por Jesús, escucha sus confidencias, y las gusta porque son más puras y preciosas que la plata y el oro; escucha los preceptos de su Amado y siente que le dan vida y salud, porque están llenos de un bálsamo fragante de gracia y de celestial sabiduría. ¡Oh dulce Jesús!, debe exclamar esta alma, ¡ilumina mi mente, da luz a mi intelecto; tu gracia me socorra, a fin de que, rápidamente, yo recorra los senderos de tus amables órdenes! No permitas que yo tropiece por el camino, hazme robusta con tu virtud, a fin de que cumpla fielmente tus santos deseos.”[5]

La escucha a la que alude Madre Cabrini nace no sólo del convencimiento de la presencia de Dios en nosotros, sino también de una presencia activa que nos orienta: 

“Procurad vivir siempre ocultas en el Corazón Santísimo de Jesús como en una escuela donde se aprende el verdadero amor que hace santas las almas,”[6]

dejando sin embargo la libertad de elegir lo que hacemos en cada momento con la participación de todas nuestras facultades, ya que interactúan con su voluntad salvífica:

“Suplicad a Jesús que haga resonar su voz en vuestras almas, de manera que podáis entender bien todo lo que quiere de vosotras. Suplicadle que os conceda conocerlo para amarlo, amarlo para poseerlo, poseerlo para gozarlo.”[7]


[1] Cfr. “Entre una y otra ola”, pág. 235
[2] Cfr. “Entre una y otra ola”, pág. 21-22
[3] Cfr. Francesca Marietti, “Il cuore di Gesú”, ed. Ancora, 1991, pág. 40-45
[4] Cfr. “Pensamientos y Propósitos”, pág. 59
[5] Cfr. “Entre una y otra ola”, pág. 163
[6] Cfr. “La Stella del Mattino”, pág. 134, n. 27
[7] Cfr. “La Stella del Mattino”, pág. 121, n. 14



jueves, 21 de noviembre de 2019

"Suene, suene tu voz..." (1ra Parte)


Hna. María Barbagallo, Liberaos y alzad el vuelo
Codogno 2018




Capítulo 3:
"Suene, suene tu voz…":
En la escuela del Sagrado Corazón de Jesús





“Tenía una hermana de nombre María,
que, sentada a los pies del Señor,
escuchaba su palabra”.

(Lc 10,39)



La experiencia espiritual de Santa Francisca Cabrini nació en el contexto de la espiritualidad del Sagrado Corazón y se desarrolló y completo en su experiencia espiritual personal madurada en la vida misionera. Remitiendo en otro apartado un estudio en profundidad sobre los aspectos de esta espiritualidad asumidos por Madre Cabrini, es bueno señalar algunos que constituyen la espiritualidad del Sagrado Corazón y que son recurrentes en Madre Cabrini.
El Sagrado Corazón es el centro de todo.  escribe el Padre Charles A. Bernard, especialista en la teología del Sagrado Corazón citando a otros expertos: “Según la presentación del diccionario de los símbolos, “el corazón, órgano central del individuo, corresponde en modo muy general a la noción de centro” y, por su parte, el símbolo de centro resulta fundamental: es el origen de donde irradia la energía; en su dimensión cósmica en el Principio, el Real absoluto; el eje del mundo se articula sobre él; en su dimensión antropológica es fuente de vida; en la persona es el lugar secreto de la libertad y del amor. Conforme a las leyes de la actividad simbólica, no es necesario que aquel que contempla los símbolos tenga conciencia clara de su significado para participar de su dinamismo”[1]. Sería interesante ver hasta qué punto la Santa de los emigrantes ha hecho referencia explícita a la espiritualidad inherente al Sagrado Corazón, de Jesús cuando dice:

“Tratad de tener vuestro espíritu fijo en Dios, y haced, en lo que esté de vuestra parte, que vuestro corazón se pose en Él como su centro.”[2]

Nuestra reflexión quiere ver la experiencia cabriniana de modo intuitivo,  así como  la vivió ella misma y como la transmitió a su Instituto. Según el autor citado anteriormente, la centralidad del Corazón de Cristo se refiere al misterio pascual, centro de la historia de salvación, misterio que se expresa en la Cruz y, por lo mismo, al misterio del Corazón traspasado (Cfr. Jn 19,34) al cual Madre Cabrini hará continua referencia.
Otra simbología que emerge de la espiritualidad del Sagrado Corazón se refiere a los “ríos de agua viva” (Cfr. Jn 7,37-38) y los teólogos frecuentemente se refieren al texto de Ezequiel sobre el “corazón nuevo” (Ez 36,26) y al texto de Jeremías (Jr 31,33). Bernhard Haring comenta:

La imagen de los “ríos de agua viva”, que brotan del Corazón traspasado de Jesús, para luego derramarse sobre los corazones de los creyentes, forma parte del patrimonio de la historia de la devoción al Sagrado Corazón. Con la apertura del Corazón del Redentor, que ha latido de amor y ha sufrido por nosotros hasta el último respiro, se concluye el primer acto de la glorificación del Padre y de Jesús en el misterio pascual, a los que sigue la gloriosa resurrección del señor y el envío del Espíritu Santo. Los creyentes beben en la fuente de la salvación el gran regalo de La redención, el Espíritu Santo, que hace a nuestro corazón capaz de amar y lo enciende con la llama del amor que arde en el Corazón de Jesús. “El amor de Dios ha sido derramado en abundancia en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5) prometiéndonos la plenitud del Espíritu Santo como don específico hecho a los creyentes, Jesús nos invita expresamente a apagar nuestra sed en Él. La primera cosa que se nos pide es apagar nuestra sed de amor redimido y redentor en la fuente de la salvación. Es el mismo Jesús quién nos invita: “Quien tenga sed, venga a mí y beba” (Jn 7,37). El Espíritu Santo y el ministerio salvador de la Iglesia prolongan continuamente el eco de tal invitación y, quien lo entiende y bebe en el río de la salvación, a su vez debe transmitirlo a los demás.”[3]



[1] P. Charles Bernard, “Il cuore di Cristo e i suoi simboli”, ed. C.d.C., Roma 1982, pág. 92
[2] Cfr. “La Stella del Mattino”, pág. 116
[3] B. Haring, “Il Sacro Cuore di Gesú e la salvezza del mondo”, pág. 106-108




lunes, 18 de noviembre de 2019

Cantando, caminamos hacia el XVI Capítulo General de las MSC




Hna. Gabriela Aravel

(Para escucharla, hacé clic en el título) 

Toda historia es presente
si se vive con amor,
es el lazo que nos nutre
con la savia que gestó.
Que gestó miles de sueños
que se hicieron realidad
que inundaron muchas vidas
y expresaron el amor.
El amor a alguien más grande
que te ensancha el corazón
que te grita muy adentro
ponte alas y a volar.

Ponte alas y a volar
que allí está tu libertad,
ponte alas, vuela alto
que la vida espera ya!
Ponte alas y a volar
que allí está tu libertad
ponte alas, vuela alto
y sin miedo a planear:
Con sueños, viviendo, con otros
en marcha, unidos a vos!

Es el tiempo oportuno,
nuestro tiempo es un Kairós,
ver las manos que se unen,
que se estrechan para andar.
Para andar nuevos caminos
con coraje y humildad,
abrazando la miseria
Estrechando el dolor.
El dolor de tantos pueblos
que hoy luchan por vivir
la vida espera vida,
no se acaba en el dolor!

Y hoy Francisca sigues viva
y acompañas nuestro andar,
vos sabés de nuestros miedos,
vos sabés de nuestro estar.
Del estar junto a los otros
trabajando a la par,
construyendo nuevo sueño,
renovando tu ideal.
Ideal que no se pierde,
que en el mundo quiere estar,
arraigado y anclado
Donde se quiere quedar!