jueves, 15 de julio de 2021

Hna. Virginia - Episodio 5: Gratuidad del servicio (1ra parte)

 


Con mucha frecuencia Virginia hablaba de "honestidad intelectual". Usaba esta expresión para referirse al espíritu fundacional y su vigencia actualizada en la misión.

"Debemos continuar en nuestro tiempo aquello que la fundadora quiso hacer en su tiempo. Es indispensable la fidelidad al fundador y a sus ideales..."

Hace falta

"...mucha honestidad intelectual para descubrir en el Instituto lo que es perenne (el espíritu) y lo que no lo es. Los principios básicos de los fundadores, su lenguaje, no deben ser formas monolíticas, sino semillas vivas".

Se preguntaba una y otra vez buscando esa honestidad que la obsesionaba:

"¿Trabajo con amor de Dios y honestidad de espíritu para reconstruir el reino de Dios en el mundo actual, en el país en el cual vivo y en la parcela (misión), en la que me toca actuar? ¿Llego al hombre (mi hermano), sin quedarme en el hombre, sino que con una misión más elevada lo llevo a conocer su destino y a amar a Dios? ¿Mi misión como cristiana y como religiosa es (...) auténtica y diáfana? ¿Soy testigo de Cristo en el mundo de hoy?"

Y se propone, pidiendo el auxilio de Cristo:

"Jesús, ayúdame a cumplir este propósito que siempre renuevo, pero que no lo cumplo como Misionera del Sagrado Corazón. Solamente un ansia, un anhelo, una preocupación debe ser predicar el Evangelio, tus enseñanzas cada día, cada hora, siempre, siempre. Siempre que hable con alguien o visite una casa, cualquiera sea el tema, no me retiraré sin haber hablado de Jesús, de sus enseñanzas, de su doctrina. Mi dicha más grande es que todos se enamoren de Cristo (...)".

Su gozo como el de la Santa Madre era,

“(...) cultivar bien aquellas almas que les han sido confiadas", Cartas, Vol. I, pág. 47.

Hay un testimonio que así lo confirma. Durante la guerra de Malvinas, un muchacho de Villa Amelia, Daniel Castro, fue convocado a luchar en el frente de batalla. Daniel había cursado sus estudios en la escuela del barrio y aún conserva una carta que la Hermana Virginia le hizo escribir a quienes fueran sus maestros. Su intención era que en medio de semejante situación, absurda y terrible, sintiera cómo el recuerdo y el afecto de su gente le llegaba. A esa carta, la Hermana Virginia le adjuntó una esquela. Ya se ha dicho lo que ella pensaba de esa guerra y cómo había reaccionado al respecto en la comunidad, sin embargo, no alude a lo político. Ella le escribe:

"No te olvides: sea el Evangelio la norma de tu vida, tu libro de cabecera, tu libro más conocido, más leído, más meditado, más vivido. Jesús es nuestro Maestro y Modelo. Invoca siempre a nuestra Madre, la Virgen María; no te sueltes de su mano, ella será siempre tu guía y tu protección".



jueves, 8 de julio de 2021

Hna. Virginia - Episodio 4: Más allá de lo habitual (6ta parte)

 


Así como Madre Cabrini no dudaba en montarse a lomo de mula, subir al apretujado pasaje de una diligencia o hacer frente a ríos caudalosos con precarias embarcaciones, Virginia, sin el menor temor, se internaba en los montes en los que no pocas veces había que abrirse paso a machete limpio, enfrentaba el peligro de la existencia de arañas y serpientes. Y se sentía pequeña, sin embargo, impotente, y clamaba por almas que llevadas por el ardor misionero, saliesen a labrar lo inhóspito de esos lugares; a saciar la sed espiritual de esas almas perdidas, no solamente en el espacio físico, sino también en el abandono de su vida interior.

"Cuánto necesitamos muchas jóvenes que movidas por un gran amor a Cristo, se alisten en las filas de las misioneras, empujadas y animadas por el celo incontenible de nuestra Santa Madre, sientan el deseo ardiente y la inquietud de que Cristo sea conocido por todos nuestros hermanos. Conocido no solamente en las ciudades, sino en las zonas donde su nombre aún es poco conocido o, lo que es peor, desconocido. No escribo más porque me tiembla la mano y los ojos se me llenan de lágrimas... Madre Cabrini, por favor, mándanos y guía muchas jóvenes llenas de tu espíritu misionero, dispuestas a cualquier sacrificio para llevar la Buena Noticia a todos nuestros hermanos".

Pareciera que la Madre le repitiera una y otra vez aquel deseo que expresara al pasar por Las Palmas, en su viaje de Buenos Aires a Barcelona:

"¡Oh! El deseo de esas Misiones parece que me devora de día y de noche; no quedaré satisfecha hasta que haya proporcionado a cada uno de esos pobres pueblos el socorro espiritual (...)"; pág. 200-201.

La Hermana Virginia tenía la gracia de una salud de hierro, pero si algo no andaba bien, sobre todo en sus piernas, sabía ofrecerlo y disimularlo para no dejar, ni un solo día, de acudir a aquello que el Señor había confiado a sus manos.

"Solamente Dios me conoce como soy, comprende el sacrificio que le ofrezco reteniendo las energías que siento, incontenibles. Solamente Jesús me entiende. Hay días en los que me parece que no puedo resistir. Realmente tenía razón aquel médico que le comentaba a la Madre Superiora: la vida de esta hermana consiste en permitirle desgastar el exceso de sus energías vitales y favorecer así su psiquis". (Carta a la Madre Provincial, sin fecha).

¿Qué es esto sino la fuerza del Corazón de Jesús?

"Ardan de amor en el Corazón de Jesús (...), ahí encontrarán la verdadera llama de amor, digna de una verdadera y buena religiosa". Cartas, vol. I, Pág. 454.



jueves, 1 de julio de 2021

Hna. Virginia - Episodio 4: Más allá de lo habitual (5ta parte)

 


La Hermana Virginia no dejaba a las Hermanas de la Comunidad sin noticias; le escribía de este modo a la Hermana Provincial contándole los progresos de la misión.

"...no le puedo expresar con palabras el gozo que siento; le aseguro y lo reafirmo que nuestra buena gente vive en estos lugares apartados de las ciudades y de los pueblos con escasa asistencia religiosa. Vive sedienta de Dios y, cuando alguien se acerca a llevarles el mensaje de la Buena y Alegre Noticia, hacen cualquier sacrificio para llegar (...) Son realmente el Evangelio viviente. Frente a ellos, y al escucharlos hablar, me avergüenzo, pues veo que en muchas circunstancias esta gente identifica a Cristo más que yo. Vengo a enseñar, pero mucho más aprendo de ellos lecciones que procuraré poner en práctica. Los pobres, cómo saben sufrir y valorar el sufrimiento. El cielo será su recompensa: dichosos de ellos".

La naturalidad de Virginia en el trato con gente tan simple, impactaba, pero a poco de observar, uno descubría que ahí estaba el secreto: abajarse hasta la situación de esas personas, hacer sentir que era una más y que nada la diferenciaba de ellos. Sus alpargatas deshilachadas, el hábito de fajina, un poco desteñido, el sentarse y aceptar algo de lo poco que tenían para ofrecer era el lenguaje más convincente; era, se diría, su 'don de lenguas' que abría los corazones y hacía comprender, si no el mensaje en sí, la profunda intención del bien.

En la misma carta a la Superiora Provincial, Virginia escribió:

"Qué importa la casa incómoda, los ratones que abundan y no dejan dormir, el calor excesivo, el agua, que en este lugar es muy sucia y que hay que beberla sin mirar para no ver lo que flota; comida de pobre, mosquitos, pulgas, cuyas picaduras no se ven pero son insoportables, etc. Todo esto no se siente, se lleva con alegría pensando que Cristo es conocido, amado y servido por tantos hermanos nuestros".

Aquella urgencia del Corazón de Cristo de la que hablaba la Santa Madre, Virginia la había hecho carne. En un párrafo siguiente de la misma carta se ve como su celo está traspasado por el carisma cabriniano:

"Si realmente amáramos a Cristo deberíamos vivir inquietas y preocupadas como Misioneras, hijas de Madre Cabrini, de que en el mundo haya todavía tantas almas que ignoran que el Hijo de Dios, Jesucristo, se entregó hasta morir en la Cruz para la salvación del género humano".

Remite, su reflexión a lo que la Madre escribiera:

"¡Qué sublime espectáculo el de las almas que vuelan sobre la tierra como palomas, haciendo el bien, sin enredarse en sus estorbos (...); que vuelan sin cansarse o, mejor dicho, sin darse cuenta del cansancio aun cuando le falten las fuerzas materiales..."; Viajes, de Buenos Aires a Barcelona, agosto de 1896, pág. 190.

Y la Hermana Virginia continúa su carta escribiendo:

"Me olvidaba decirle, querida Madre, que los primeros días visitamos las casas andando a pie; después, decidí seguir la tarea apostólica y el reparto de ropas, calzado y medicinas usando un carro tirado por bueyes que nos prestaron. Es cansador también, pero las piernas reposan, pues en esta zona, las casas están muy distanciadas".



jueves, 24 de junio de 2021

Hna. Virginia - Episodio 4: Más allá de lo habitual (4ta parte)

 


A los quince días, en unos diez kilómetros a la redonda, ya se veía algún cambio. Por la noche, alumbradas por antorchas, tres veces por semana, se los invitaba al depósito que en su primera incursión Virginia había descubierto. Ella se encargaba de las parejas cuando algún varón se podía llegar y las preparaba para el bautismo y el sacramento del matrimonio; la Hermana Lucía se hacía cargo de las mujeres solas, para el bautismo y la comunión, y la aspirante se abocaba a los más pequeños.

Los domingos por la tarde, el sacerdote se llegaba al depósito y hablaba con los varones más reacios pero, siempre con asombro, no se cansaba de ver los progresos que Virginia, con su impulso y espíritu misionero, había logrado.

Terminaba el mes de febrero y era el tiempo calculado para el regreso. Ella no estaba conforme. Decía todo el tiempo que se podría haber llegado a mucha más gente hasta que finalmente, decidió que se quedarían diez días más. El último fin de semana se celebraron los bautismos colectivos, las comuniones y se oficializaron varios matrimonios. Las Hermanas de clausura de San Pedro prepararon sándwiches, tortas y algunos refrescos. Indescriptible ver los rostros con una sonrisa, y la satisfacción de, a su manera, haber celebrado el encuentro con Dios. Casi todos, por primera vez, probaron un trozo de bizcochuelo, con las manos limpias y los pies calzados. Como excepción, las hermanas más jóvenes dejaron la clausura y participaron de la ceremonia. Ese fue el inicio de una nueva misión para ellas: en adelante, continuarían visitando a las familias y ayudando al sacerdote a mantener viva la semilla de la fe.

Esta misión en particular, realizada en 1971 puede ser contada en detalle porque la aspirante que a pesar de las pulgas permaneció, fui yo.

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jueves, 17 de junio de 2021

Hna. Virginia - Episodio 4: Más allá de lo habitual (3ra parte)

 



Las jornadas empezaban muy temprano y cada vez, el peregrinaje a través la selva misionera que en esa zona es la más espesa de la provincia, era más dificultoso. La marcha se hacía larga buscando en los rincones más perdidos, una choza y otra, con mujeres desnutridas, cargadas de chicos desnudos y barrigones que jugaban a su modo en los patios de tierra colorada, a merced de animales e insectos peligrosos. De vez en cuando, aparecía un lugar que había sido desmontado en el que se había sembrado algo de tabaco, yerba mate o mandioca. En esos parajes, el cultivo pequeño hecho por las familias era considerado ilegal y los latifundistas arrasaban con frecuencia lo que ellos, con tanto sacrificio y con el trabajo de mujeres y chicos, habían conseguido sembrar.

Antes de darles la ropa que llevaba, reunían a la familia. Los varones nunca estaban porque eran llevados por semanas o meses a las cosechas. Una vez establecida la confianza con las mujeres, las llevaban hasta el arroyo más cercano y con jabón y cepillo adquiridos en el almacén de San Pedro, les fueron enseñando la importancia de la limpieza, el filtrado del agua, el lavado de las frutas antes de comerlas y todas esas cosas elementales que ellas desconocían. La mayor parte de estas mujeres hablaban solamente guaraní y alguna que otra palabra en castellano, por lo que la comunicación no siempre era fácil. Pero eso no era todo. La llamada mosca braquícera dejaba sus larvas bajo la piel de los chicos y las infecciones y los gusanos abundaban en sus cuerpecitos. Ahí estaban las tres, bañándolos, sacándoles los gusanos y hablándoles del amor de Dios. El sacerdote proveyó de desinfectantes, gasas y algunas pinzas pequeñas para dejar las heridas libres de larvas.

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