martes, 23 de julio de 2019

Misión en Uganda: Testimonio de la Hna. Albertina


Las palabras y las imágenes corresponden a un mensaje que la Hna. Albertina le envió hace unos días a la Hna. Stella Maris.

El video está en portugués, pero se entiende muy bien.


jueves, 18 de julio de 2019

"Levantar un templo en el propio corazón" (3ra Parte)








Hna. María Barbagallo, Levantaos y alzad el vuelo
Codogno 2018



Capítulo 1:
“Levantar un templo en el propio corazón”
El camino de la interioridad





La oración y el silencio ayudan a componer nuestra fragmentariedad:

“Recogeos a menudo en el templo místico de vuestro corazón, para rectificar vuestras intenciones y donar vuestros afectos a Jesús”[1].

Y esto ayuda a realizar la unidad interior Según dice Lanza del Vasto[2]:

Recobra el control de ti mismo, hombre.
Cierra los ojos,
Deja las herramientas, los deseos y las preocupaciones,
saborea el silencio, reconstruye la unidad.
Entonces tal vez hallarás a Dios en el fondo de ti mismo.

S. F. Cabrini explica que:

“Será oída la oración cuando en ella se aúnen el hombre exterior y el hombre interior, el cuerpo y el alma, concordando con auténtica mortificación del cuerpo al alma, y ambas luego se pondrán de acuerdo con un tercero que se llama espíritu, de modo que para orar se reúnan y se unan juntamente el cuerpo con sus sentimientos, el alma con la imaginación: memoria, entendimiento y voluntad y entonces Cristo en medio de ellos, unidos en su nombre, ayudándoles a orar con eficacia. Pero quien esté desunido, esto es, el cuerpo puesto en oración, el alma desordenada y el espíritu vagabundo, pendiente de mil ansiosos pensamientos inútiles y vanos, nunca podrá decir que ha rezado verdaderamente”[3].

La unidad a la cual se llega con ayuda de la gracia, es un ejercicio de fe que coincide con el significado del silencio profundo, de la oración sencilla, de la compostura en la posición, de la devoción, sabiendo que Dios está dentro de nosotras, por eso debemos tener nuestro espíritu:

“Siempre dispuesto a la oración en todo tiempo y lugar, trabajando, caminando, comiendo, hablando, sufriendo, gozando, orando, habitualmente y siempre”[4].

Como dice San Pablo: “... orad incesantemente” (Ef 6,18).

El camino de la unificación de sí mismo es un camino de purificación por el desorden y la fragmentación al que nos acostumbramos sin darnos cuenta. Esta profundidad es necesaria porque la oración:

“... hecha con fe recupera lo perdido, redime el tiempo pasado, compone todas las cosas”[5].

Y hace posible alcanzar la unidad dentro de nosotros mismos. Necesita el “recogimiento de las potencias del alma”, allí Dios obra según sus designios. El conocimiento al cual se debe aspirar para el camino hacia la interioridad sea auténtico, es propio de personas transparentes que Madre Cabrini llama “sencillas”, leales, sin rodeos ni pretensiones, ni ambiciones desmesuradas:

“Esta excelencia del alma es la que la hace capaz de ciencia y sabiduría, de virtud y de gracia, de felicidad y de gloria… esta alma puede sumergirse en Dios y en Él lo encuentra todo”[6].




[1] Cfr. La Stella del Mattino, pág. 105, n. 28
[2] Giuseppe Giovanni Lanza del Vasto (1901-1981) fue un filósofo, poeta y escritor italiano
[3] Cfr. Entre una y otra ola, pág. 200-201
[4] Ibídem, pág. 277
[5] Ibídem, pág. 175
[6] Ibídem, pág. 61

El capítulo completo lo encuentran en la carpeta "Material" o haciendo clic aquí.




jueves, 11 de julio de 2019

"Levantar un templo en el propio corazón" (2da Parte)





Hna. María Barbagallo, Levantaos y alzad el vuelo
Codogno 2018



Capítulo 1:
“Levantar un templo en el propio corazón”
El camino de la interioridad




El camino de la interioridad necesita otros soportes, entre ellos: el silencio y la oración:

“... la oración y el silencio interior son de extrema necesidad al alma, la cual, ocupada en lo externo con mis preocupaciones, busca hablar, ver oír y darse a demasiadas cosas, aunque sean buenas; es necesario tomarse ese descanso místico que sirva para restaurar la debilidad que las ocupaciones le hayan causado y adquirir nuevas fuerzas para obrar de modo espiritual... en el silencio y en el reposo se asimila bien la Palabra y la inspiración divina, y esto sirve para hacernos robustas, fuertes y valientes y avanzar así a grandes pasos por el camino de la verdadera virtud[1].

Y es propiamente en el silencio donde:

“...el alma aprende y conoce que no necesita salir de sí misma para encontrar a su amado Jesús, mientras lo tiene en ella como en su propio trono y tabernáculo. El alma entonces bebe a grandes sorbos en el misterioso silencio de la herida del Corazón Santísimo de Jesús”[2].

“... es allí donde se aprende esa oración interna y de corazón tan sublime y rica en méritos, porque nos eleva en cada instante y en cada operación”[3].

Otras veces Madre Cabrini en sus recomendaciones oficiales hace un compendio de la necesidad del silencio como virtud interior que crea el espacio de la morada divina, de la presencia de Dios en nosotros, unificando toda nuestra capacidad para alimentar el “espíritu de Jesucristo”:

“¡Si el pequeño Instituto de las Misioneras pudiera llegar a ser aquel núcleo justo que pudiera suspender los azotes de Dios y desarmar la cólera de la justicia divina! Yo lo espero y confío en vuestra generosidad, hijas queridísimas, confío en vuestro empeño de poneros en este nuevo año a vivir una vida santa, perfectamente regular y observante. Rezad, pues, con corazón humillado y arrepentido, rezad con confianza y perseverancia. Vivid una vida de fe, de confianza en Dios y sed generosas, valientes y fuertes. Para mantener en vosotras el espíritu de oración, es absolutamente necesario el recogimiento y el silencio. Yo os recomiendo este dorado silencio, quiero que sea observado siempre escrupulosamente por todas y cada una. ¿Cuántos disgustos no vinieron este año por la poca o ninguna observancia de esta regla tan importante?
Sí entrando en vosotras mismas, sentís pesar de tener faltas y pecado que os hicieran derramar no pocas lágrimas, deberéis confesar que todo fue a causa de las faltas del silencio. ¿No es así? ¿Qué fuente de gracias, de ayudas, de luces, de inspiraciones, de santas alegrías del alma, no son para el alma recogida la observancia exactísima del silencio? El alma silenciosa es modesta, recogida, atenta a sus deberes, vigilante de sí misma en los movimientos de su corazón, en sus propias inclinaciones, no falta a la caridad, es prudente, sensata, goza de paz, la deja gozar a las demás y perfuma con su bella y edificante virtud a las Hermanas que con mucho gusto gozan de su compañía. En tanto Dios le habla al corazón y, en el silencio, le desvela los secretos íntimos de su dulce caridad, de su amor por las personas.
Sed por tanto muy silenciosas, os recomiendo encarecidamente el silencio. Lo quiero absolutamente porque Jesús lo quiere. Sed humildes, muy humildes, desconfiad mucho de vosotras mismas, ocultaos en vuestra nada, no dejéis nunca lugar a las pequeñas competiciones del amor propio, del supuesto honor ofendido; ceded siempre y mostrados muy felices si no os tratan, si os parece que estáis olvidadas. Vivid felices en vuestro ocultamiento: Dios os ve, os guarda, os bendice. Cuidad que no entre en vosotras el espíritu del mundo, el espíritu de Lucifer; vivid siempre una vida de fe, una vida sobrenatural, muerta totalmente al mundo; vivid en Cristo, vivid de la misma vida de Jesucristo. Sed también sencillas y como niñas abandonadas en los brazos de vuestras Superioras, no les escondáis nada, recurrid a ellas en cada dificultad, en cada duda. Que vuestra conducta y vuestras obras sean como cristal transparente que refleja siempre la pureza y la blancura de vuestras almas. El alma pura y sencilla ve a Dios, comprende sus divinos misterios y entra a formar parte de los secretos íntimos de su Corazón adorable”[4].



[1] Pensamientos y Propósitos, pág. 161-162
[2] Cfr. Entre una y otra ola, pág. 373
[3] Ibídem, pág. 372-373
[4] Cfr. Epistolario, Vol. 3°, Lett. n. 1192

El capítulo completo lo encuentran en la carpeta "Material" o haciendo clic aquí.




jueves, 4 de julio de 2019

"Levantar un templo en el propio corazón" (1ra Parte)





Hna. María Barbagallo, Levantaos y alzad el vuelo
Codogno 2018



Capítulo 1:
“Levantar un templo en el propio corazón”
El camino de la interioridad




"El que me ama guardará mi palabra,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él
y haremos morada en él" (Jn 14,23)

El camino de la interioridad

El primer mensaje que nos llega de una santa famosa por su extraordinaria actividad, por los continuos viajes, por las terribles dificultades que tuvo que afrontar en cada momento, por las fatigas, los esfuerzos y contratiempos, por las incomprensiones que le surgieron de todas partes, por la debilidad de su salud, es un mensaje de alegría que brota de la certeza simple pero misteriosa de tener a Dios en su corazón. Un Dios al que poder dirigirse continuamente, un Dios que camina, viaja, trabaja, espera y escucha con ella y con el cual puede andar " confiada en las olas pero siempre encerrada en el Corazón de Jesús"[1]. Aquel Jesús:

"que tanto ha hecho para mostrarnos su amor, especialmente dándonos su Corazón para asilo, apoyo, ayuda, fortaleza, en resumen, para todo lo bello, bueno y útil que nunca podremos imaginar"[2].

Pero es necesario pedirle a Él que nos prepare el espíritu y lo haga "digno de formar para Él ese místico santuario donde pueda habitar siempre sin quejas"[3]. Y preparándole:

"un templo dentro de nosotras, bien adornado y después invitarle con los gemidos y suspiros de los santos patriarcas"[4].

Pero sobre todo es un Dios que ilumina y cuya presencia, aún en la oscuridad de la fe, es fuente de esperanza, de caridad, de fecunda actividad e incluso de descanso amoroso.
Esta certeza nace de algunas condiciones fundamentales a través de las cuales la luz divina se manifiesta y:

Jesús, este sol divino, no se encuentra fuera del alma fiel, sino dentro de ella y reside en ella como en un trono de amor[5].

Y conduce nuestra vida llenándola de significado.

Para tener esta experiencia es necesario enfrentarse a los grandes enemigos del pecado, de su superficialidad, de la banalidad y entrar gradualmente, acompañados de la gracia divina, en el camino de la interioridad. Dice Francisca Cabrini:

Procuraré buscar a Dios dentro de mí misma, sin cansarme en buscarlo ansiosamente fuera de mí; intentaré tener mi mente limpia de cualquier imperfección, procurando que en mí no haya nunca nada que ofenda la infinita pureza de su vista y que me impida verlo y conocerlo mejor[6].

Madre Cabrini señala una condición esencial: la humildad, porque ésta abre todos los caminos:

Si somos humildes, Él, todo bondad, nos estimará, nos consolará, acogerá nuestras oraciones y nos justificará[7].

La humildad no es otra cosa que la progresiva entrada en nosotras mismas a través de la puerta de la verdad que nos hace libres (Cfr. Jn 8,32):

La humildad nos pone en nuestro verdadero estado: en efecto, ¿qué somos nosotros delante de Dios?[8].

Entrar “en el santuario íntimo de nosotras mismas[9] es un camino de conversión que nos acerca a los grandes designios de Dios y nos dispone a participar en su proyecto. El santuario místico del alma[10], es también la “celda común” en la cual

“... todo es paz, alegría, dulzura santa y donde se recibe el impulso de la gracia que nos da fuerza, hasta el punto de no sentir más ni peso, ni aburrimiento, ni fatiga en ninguna cosa[11].

En efecto, es

“... feliz el alma que sabe vivir escondida en el Santuario de la Divinidad…”[12]

Y es el despertar del corazón el que nos hace tomar conciencia de nuestro pecado, de nuestros límites, de nuestra ambigüedad y de las mil falsedades por las que somos tiranizadas, dejando espacio a la luz de la gracia:

No ocurra nunca que alguna de vosotras incomode al Corazón Divino con la poca observancia y poca fidelidad a las promesas que habéis hecho cuando, iluminadas por la gracia, os sentisteis movidas a vincular estrechamente vuestro corazón al suyo, separándolo perfectamente de vosotras mismas, de las creaturas y de todo lo que hay de humano y terreno. Si tenéis luz, hijas mías, no cerréis los ojos sino, sed fieles, muy fieles a la gracia…”[13]

La humildad está unida a otra condición que es la sencillez por medio de la cual el alma se abre a Dios:

"... el alma sencilla penetrara en los misterios de Dios en la contemplación".

Acogiendo toda inspiración:

La humildad y la sencillez unidas al recogimiento, disponen el alma a recibir la luz de la inteligencia para entender la sublimidad de la doctrina de Jesucristo[14].





[1] Cfr. Epistolario, Vol. 1°, Lett. n. 385
[2]Ibídem, Lett. n. 112
[3]Ibídem, Lett. n. 391
[4]Ibídem, Vol. 2°, Lett. n. 792
[5]Cfr. Entre una y otra ola, pág. 284
[6] Cfr. Pensamientos y Propósitos, (Edición privada en español), pág. 156
[7] Cfr. Entre una y otra ola, pág. 73
[8] Cfr. Pensamientos y Propósitos, pág. 69
[9] Cfr. Epistolario, Vol. 1°, Lett. n. 238
[10]Ibídem, Lett. n. 422
[11]Ibídem, Lett. n. 137
[12] Cfr. La Stella del Mattino, pág. 29
[13] Cfr. Epistolario. Vol. 1° Lett. n. 372
[14] Cfr. Pensamientos y Propósitos, pág. 109



jueves, 27 de junio de 2019

Con la mirada en el futuro





Con la mirada en el futuro
Sr. Eliane Azevedo, MSC

Entrever el futuro de la Misión cabriniana en la Iglesia y en el mundo
es soñar con los pies en el presente, echando un vistazo al pasado
y con la mente, el corazón y la voluntad abiertos al mañana.

En tiempos de grandes cambios y ante los retos de un mundo complejo y plural, nosotras, Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús y los laicos/as cabrinianos, estamos llamados a dar una respuesta evangélica, redescubriendo el significado más profundo de ser “discípulos misioneros de Jesús en el carisma cabriniano para que todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

Ante la realidad de cada país, hay preguntas existenciales y misioneras que tocan la esencia de nuestras vidas: “¿Qué mañana? ¿Qué futuro?” Preguntas apoyadas por la fe-palabra, por la fe-experiencia y por la fe-práctica. Preguntas que pueden abrir nuevos horizontes de vida en la misión, haciendo revivir el deseo de beber en las fuentes de la profecía, fieles a la centralidad de la Palabra de Dios como referente del camino hacia el futuro.

Religiosas y laicos/as que comparten el carisma cabriniano, necesitan hacer suyas las nuevas sensibilidades, en busca del verdadero significado de la vida dada, mediante la escucha de la Palabra de Dios y los signos de los tiempos.

Pero, ¿qué es el futuro?

La palabra “futuro”, del latín “futurae”, se refiere al intervalo de tiempo que comienza después del presente, y a algo que sucederá y que no tiene un fin definitivo. El ser humano, por naturaleza, es un ser futurista, proyectado hacia el futuro. La palabra “futuro” sugiere una línea de reflexiones sobre el pasado, el presente y el futuro mismo. Hacia el futuro está dentro de nosotros y nosotros somos el pasado, presente y futuro. Esta integración temporal es un punto de partida para las diversas reflexiones, y favorece una extensión de nuestra mente para el uso de las informaciones y las experiencias de vida que conducen a la toma de decisiones responsables en el presente con vistas al mañana.

Pero, ¿de qué futuro estamos hablando?

Un futuro que es el resultado de las decisiones del presente, teniendo en cuenta que siempre habrá una tensión entre el presente y el futuro. Pero el futuro implica planificar y actuar de manera responsable con el objetivo de que todos mejoren. El futuro depende de la imagen que la persona o la institución tenga de sí mismo y de los esfuerzos que haga para llegar adonde quiere llegar. Este es un proceso dinámico, creativo, que requiere el valor de abandonar una mentalidad de “posesión”, cerrada en estructuras del pasado, y comenzar un camino lleno de opciones y decisiones por encima de los intereses individuales.



¿Qué puedo hacer para que el futuro sea mejor?

Vivir el presente, aquí y ahora, con sabiduría, cultivando la capacidad de gestionar de forma inteligente el pasado y preparando el futuro con esperanza. Los sabios abren sus mentes a una amplia gama de informaciones, reflexiones y posibilidades, aprenden con humildad la manera de hacer opciones y tomar decisiones responsables que promueven la cultura del encuentro y una vida digna para todos.


Por último, conscientes de la situación político-social-religiosa-económica del mundo en el que vivimos y de las consecuencias que han provocado una cultura capitalista y una cultura del ser humano “desechable”, es urgente llevar a cabo acciones dirigidas a promover el desarrollo de la conciencia crítica, la lucha por los derechos humanos, la conversión pastoral y ecológica, la defensa de la vida en los diversos espacios de inserción misionera cabriniana.

El mundo de hoy está viviendo un momento de grandes transformaciones y cambios marcados por las nuevas plataformas de comunicación, las nuevas tecnologías y también por el individualismo, el consumismo y otros aspectos que influyen directa e indirectamente en la vida misionera cabriniana, desafiando su profetismo en la realidad actual.

El Papa Francisco en su Exhortación Apostólica confirma los valores que sostienen la vida de los cristianos en medio de tanta incertidumbre contradicciones, pobreza, exclusión, degradación ecológica y humana. Se dirige a religiosos y laicos con el deseo de despertar en ellos una respuesta evangélica con realismo y esperanza.

Así, con los ojos fijos en Jesús, se aprende a construir el futuro en el presente. Ciertamente, de este aprendizaje nacerán los frutos de la alegría del Evangelio que despierte al mundo a una sana convivencia que promueva una comunión mística.

Para el futuro es necesaria una base espiritual que recuerde el pasado con gratitud, que viva el presente con pasión y que abrace el futuro con esperanza.

Se han entregado muchas vidas, se ha avanzado mucho y, en el Año del Centenario Cabriniano, las Hermanas y los Laicos celebran con agradecimiento a Dios el carisma fundacional del Instituto de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús; intentan crecer en el valor misionero del presente y esperan el futuro a la luz de la esperanza cristiana, conscientes de que de la muerte nace la vida, de la experiencia de la cruz brota la madurez, de la lucha surge la victoria, y de la oscuridad de la fe llega la luz verdadera.

Como cristianos, por el Bautismo estamos llamados por Dios a aprender a ver el futuro con fe, también para las personas que nos rodean, y con la esperanza profética que da frutos para toda la humanidad.

El Papa Benedicto XVI hablando de la esperanza cristiana, era consciente del poder antropológico de la esperanza; afirmaba que el verdadero objetivo de la esperanza no es la vida eterna, sino la vida feliz La dimensión divina y humana de Jesús expresa los valores de la fe, la esperanza, el amor y la felicidad como frutos de una experiencia de oración con el Padre y de una mirada contemplativa de la realidad. El camino que conduce al futuro nos invita a la alegría de vivir la experiencia de Dios y el encuentro con los hermanos, aprendiendo cada día a asumir la responsabilidad en la vida y en la misión.

Creo que el futuro cabriniano está tomando forma con la audacia de religiosas y laicos que desarrollan el Carisma y lo dejan como herencia a la humanidad. Esta herencia es un proyecto de vida que tiene como principio básico el amor misionero de Jesús, cuyo objetivo es el compromiso de la solidaridad evangélica, como expresión de una vida de fe en la acción del Espíritu de Dios y en la protección maternal de la Madre de todas las Gracias. Este futuro generado por este presente, llama a todos a recorrer el camino de la mística, de la profecía y de la esperanza creativa. De esta manera, el futuro así entendido ayuda a asumir una opción preferencial por los pobres, centrándose en relaciones fraternas humanizantes y en la creación de redes en continuo proceso de reconfiguración de la vida consagrada cabriniana y de maduración del sentido de pertenencia de los laicos en la actividad misionera del Instituto y de la Iglesia.
La misión, como razón de ser y de obrar del Instituto de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús en el mundo, es compartir el amor de Jesucristo en el mundo, como discípulos misioneros comprometidos en la promoción de la vida humana y socio-ambiental. Este significado se expresa en los pensamientos de Madre Cabrini: “Si el Corazón de Jesús me concediera los medios para construir un barco, entonces fundaría sobre el mar la “casa Cristóforo” (portadora de Cristo) y surcaría todos los mares con una comunidad, pequeña o grande, para llevar el nombre de Cristo a todos los pueblos…”

Mirando la misión soñada por Madre Cabrini y su realización, nos damos cuenta de que ella era una mujer de su tiempo, contemplativa, de gran visión cristiana, que realizó muchos viajes que aún hoy dan frutos en la historia de la humanidad. Madre Cabrini supo mirar al futuro en busca de estrategias para generar las condiciones que pudieran traer beneficios a los inmigrantes y a todas las personas, proyectando una misión más allá de las fronteras, teniendo en cuenta la realidad, con objetivos realistas y buscando los medios para lograr lo que había programado. Pero no permaneció anclada en su presente. Entrevió el futuro y luchó para convertirlo en realidad. En su posición de líder del Instituto de las Misioneras del Sagrado Corazón, demostró su capacidad de motivar a las Hermanas y guiarlas en la comunión misionera; fue una promotora inteligente al presentar el proyecto del Instituto en diversos países con una mirada de esperanza. Por eso fue proclamada “Misionera de la Nueva Evangelización”.

Todo lo que Madre Cabrini realizó tuvo consecuencias para el futuro del Instituto: “Para la mayor Gloria del Sagrado Corazón de Jesús”. Todo lo que nosotros, religiosas y laicos, hagamos en el presente, tendrá consecuencias en el futuro de nuestro Instituto, en la Iglesia y en el mundo.

La visión -imagen del futuro deseado por el Instituto- es ser una institución religiosa misionera conocida por sus actividades de defensa y promoción de la vida (en el ámbito de la salud, educación cultura, proyectos sociales y pastorales), realizadas con fidelidad creativa al Carisma cabriniano e integradas en la Espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Los valores fundacionales de nuestras acciones en el presente y para el futuro son “la misericordia y la compasión” el amor sensible a las necesidades de las personas; la “sencillez dialogante”; una manera de ser y de vivir más cerca de las personas, en busca de una vida mejor para todos. También es necesario vivir la “justicia solidaria”, tener una conciencia crítica de la realidad, promover una cultura de relaciones justas y fraternas, para contribuir a la unidad de todos. Y también: el “espíritu comunitario”, el compromiso de vivir y promover la experiencia de comunión en la diversidad, la ética en la construcción del bien común; la “responsabilidad” del don que recibimos de Dios para cuidar de lo que Él pone en nuestras manos.

De esta manera, inmersas en la realidad socio-cultural, caminamos hacia el futuro repitiendo el lema paulino, vivido por la Madre Cabrini: “Todo lo puedo en aquél que me da la fuerza” (Flp 4,13).

Confiamos que, “este es el tiempo favorable” (2Cor 6,2), y reconocemos el poder de la Palabra de Dios en nuestra vida y en la misión.  He aquí que estoy a punto de hacer algo nuevo” (Is 43,19). En todo damos gracias a Dios.



Con María cantamos un Magnificat cabriniano para el futuro:

El Señor ha hecho grandes cosas en nosotros, santificado sea su nombre.
El Señor fortalece nuestros pasos en la vida del presente para el futuro.
El Señor nos abre los ojos y los oídos para realizar acciones de solidaridad en apoyo de los que más sufren de la sociedad.
El Señor sostiene nuestros pies y nuestras manos para seguir adelante anunciando el proyecto de vida de Jesús misionero.
El Señor abre nuestros labios para cantar la alegría y la felicidad de anunciar la Buena Nueva a todos.
Nuestro corazón se alegra en Dios, nuestro Salvador y luz de nuestra vida en el pasado, presente y futuro.
El Señor ha hecho y hace en nosotros grandes cosas.
Bendita sea su presencia revitalizante en nosotros, religiosas y laicos en el carisma cabriniano, para compartir el amor de Cristo en el mundo en el que vivimos”.

La esperanza en el mañana se realiza en la vida de hoy y, por lo tanto, ¡caminemos con los ojos fijos en Jesús! ¡Nuestro futuro está en las manos de Dios!





viernes, 21 de junio de 2019

Un mensaje de profunda espiritualidad





Santa Francisca Cabrini
un mensaje de profunda espiritualidad
Antonella Lumini

Un siglo después de su muerte, la comparación con una figura como la de Francisca Cabrini produce una especie de malestar, mayor aún si nos preguntamos qué tenemos que hacer en un mundo como el actual. ¿Cómo ir adelante? ¿cómo extraer de esta experiencia tan poderosa inspiraciones válidas para la realidad actual?
Es esencial profundizar en sus escritos, depositarios de lo que estaba detrás de su obra, las huellas vivas de todos los aspectos internos que sostuvieron su intenso camino de fe. Giuseppe De Luca observa: “La beata Cabrini fue, esencialmente, alma silenciosa. Habló en la medida en que la acción real lo requería, es decir, muy poco, entre los pocos [...] calló y actuó[1]. Como documentan María Regina Canale, Lucetta Scaraffia y María Barbagallo, autoras de sus principales biografías, la vida activa de la Santa está profundamente arraigada en su vida espiritual y de forma absolutamente inseparable.
Reconstruir la historia significa al mismo tiempo intentar trazar el intenso itinerario interior, indagando en la gran cantidad de páginas constituidas por las 2056 cartas que forman el Epistolario, las Memorias de la Fundación, las Strenne (publicaciones editadas a principios de diciembre); en los relatos de los viajes, escritos dirigidos a sus hijas, verdaderos cuadernos de bitácora que testimonian la riqueza de lo que puede, a todos los efectos, definirse como una experiencia mística; o bien los Pensamientos y propósitos, destinados a ella misma y nunca pensados para un público más amplio.
Lo extraordinario de su obra radica en su vida interior, se comprueba una vez más que, detrás de cada vida activa intensa, se esconde siempre una vida contemplativa igualmente intensa. Son dos planos, inseparablemente unidos, los que le permiten a la Santa superar los obstáculos, conflictos, peligros, encontrando en cada momento un nuevo equilibrio capaz de darle la fuerza para volver a comenzar. No se planteaba, en absoluto, renunciar para protegerse a sí misma; sino que lo normal era consumirse sin medida en las situaciones que se presentaban y que exigían respuestas. Ciertamente, no se trataba de activismo o eficientismo, sino de pura obediencia a una orden superior.
Su actuar “ardientemente y velozmente” brota de la liberación de todo apego y de una obediencia absoluta a la voluntad divina que le permite obrar como volando. La Madre Cabrini resume este estado interior con la famosa frase “liberados y poneos las alas[2]. Explicará que las dos alas que permiten a la hermana misionera volar “al monte sagrado de la perfección” son la humildad y la sencillez.
La voluntad divina es el orden inherente a la creación misma, el orden del amor. Penetra en la corriente de la fuerza creadora, en la onda de lo maravilloso donde todo es un milagro. Pide, por tanto, la sencillez y la humildad de la inocencia creatural. Pide que no nos detengan las resistencias y las complicaciones, es decir, los repliegues del amor propio que esclavizan y ralentizan el camino de la sanación y liberación. Como sabemos, la espiritualidad de la Santa está incardinada en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús; pero, como señala Lucetta Scaraffia, va más allá de la relación basada principalmente en el celo. El Sagrado Corazón se convierte en “un instrumento de meditación, un camino místico hacia la santidad. [...] se convierte para ella en una especie de lugar místico, de celda monástica móvil, en la que retirarse para sacar fuerza y coraje[3].
Reinterpreta la devoción que implica la distancia del objeto amado, en una relación dinámica que tiende a la fusión: “El amor de Dios triunfa, sobre todo es un fuego que asume al objeto y lo convierte en fuego[4].
A través del Sagrado Corazón, establece una relación íntima con Jesús, siempre presente en su celda interior. Sor María Barbagallo deja claro el valor simbólico del corazón como centro, “fuente de la que irradia la energía[5]” que, en su dimensión cósmica se convierte en “el Principio[6].
Madre Cabrini capta explícitamente este significado: “Procurad mantener vuestro espíritu fijo en Dios, y haced cuanto esté en vuestra mano, que vuestro corazón esté centrado en Él[7]”. Y aún más: “Procuraré tener continuamente los ojos fijos en la presencia de Dios y mi corazón hará cuanto pueda, para perderse en ese océano de amor como en su centro[8]. La unión íntima de su corazón con el Sagrado Corazón de Jesús opera la transformación salvífica y redentora, purificando todas las distorsiones por el contacto con la fuerza del divino amor: “Oh adorable Corazón de mi Jesús, [...] eres el horno ardiente del Divino Amor y por eso te suplico humilde y ardientemente, que quemes todas las imperfecciones y miserias que me hacen indigna de ofrecerme como holocausto para tu amor[9].

La unión mística pasa por este único centro que funde el corazón humano en el corazón divino de Jesús sumergiéndolo en el ardor del amor que santifica la humanidad de la criatura ofrecida, liberada de toda resistencia. Esta acción santificante, que se activa en la humanidad desnuda de cuantos se ofrecen, se convierte a su vez, en redentora porque se transforma en instrumento del amor divino, fuente de calidad que se derrama sobre todos los seres humanos: “El que no es santo, nunca santificará a nadie. Quien sea santo embalsamará el aire a su alrededor, y todos los que se acerquen, sentirán el aliento de algo que santifica[10]. Por eso, como subraya también la madre Barbagallo, “otra simbología que surge del Sagrado Corazón es la de los ríos de agua viva[11]”. El corazón traspasado se convierte en la imagen más elocuente de la misericordia. La divina humanidad de Jesús, por este acto de amor absoluto que ofrece todo, hasta la esencia contenida en el corazón, revela al mundo el amor infinito del Padre. El corazón traspasado del Hijo, del que fluyen el agua y la sangre, se convierte en manifestación cósmica de la fuente inagotable de la que brota la vida. En este acto absoluto de amor, la humanidad del Hijo da rienda suelta a toda la potencia del amor divino del Padre que, a través de esa transfixión, se derrama sobre todo el género humano siendo fecunda en los corazones de cuantos se abren y confían.
Es evidente que Madre Cabrini vivió esta experiencia. El rasgo originario que caracteriza su vida interior es, así, la experiencia mística. El contacto directo con la vida del Espíritu Santo le permite entregarse y abandonarse incondicionalmente: “Los misterios inefables que el Espíritu Santo obra en nuestras almas, nos están completamente ocultos, ya que son operaciones divinas impenetrables para el ojo humano y, a menudo, también para los de los ángeles. [...] El Espíritu Santo es un sol, cuya luz se refleja en las almas justas, es un océano sin fondo, sin orilla, cuyas aguas son hermosas, brillantes, cristalinas, vitales, y se difunde continua y abundantemente en las almas que por su parte no ponen obstáculos, no contradicen al Espíritu Paráclito[12].
La realidad de una fuerte vida interior se revela en Francisca desde niña y la forja en lo profundo madurando a través de las vicisitudes de una vida fuertemente probada. La sostiene la vida familiar, firme en la fe, que la educa en el amor desde la primera infancia. Señala María Regina Canale: “Es evidente que la acción misteriosa de la gracia se insertó en las disposiciones naturales de la niña y potenció su sensibilidad, ya orientada por los ejemplos familiares, y la guió a sentir las mociones del Espíritu en la búsqueda de Dios[13]. Pero influye también el sufrimiento por su mala salud, que pronto se convertirá en un sufrimiento interior, en la medida que Francisca siente la imposibilidad de realizar su sueño de vida misionera y luego también de vida religiosa. Los rechazos recibidos, teniendo en cuenta su especial sensibilidad hacia el misterio, se graban profundamente en ella en largos años de oscuridad, forjando su estructura interior y purificándola de cualquier sentimentalismo derivado del amor propio.
Scaraffia observa: “Su verdadero destino se abrió luego a través de continuas dificultades y decepciones que hicieron de esta primera parte de su vida una especie de preparación y purificación, antes del gran salto hacia su Instituto con todas sus Misioneras[14]. Había aprendido de los acontecimientos de la vida a no quejarse por el sufrimiento, soportándolo todo con paciencia y fortaleza. Así creció en ella la vida del Espíritu. A Sor Saverio de María le contó que lo experimentó por primera vez el día de la Confirmación: “¡Noté al Espíritu Santo descender sobre mí! - Entonces le pregunté: - ¿Qué sentiste? - Y ella contestó: - No sé, no lo puedo explicar, pero lo sentí[15].
La efusión del espíritu la abre a la experiencia mística. Relata también otro suceso ocurrido
el día de su profesión religiosa: “Nuestra alma se llenó de dones y recibió un nuevo bautismo todo de fuego divino. La alegría del espíritu Santo, que ya nos había alegrado abundantemente en el hermoso día de la Confirmación, se derramó generosamente para llenar de júbilo celestial nuestro corazón[16]. Cuando la vida del Espíritu obra en la humanidad desnuda, conforma las acciones a la medida creadora del Verbo volviéndola también creadora. Así se transforman las vidas personales de los individuos y, por ellos, el destino de los pueblos. “Nuestro espíritu sea puro, desinteresado, humilde, dócil, y así veréis qué hermosas son las acciones del Espíritu Divino en nuestros corazones. Es una obra que provoca éxtasis de admiración incluso a las inteligencias angélicas. Es una obra digna de la sabiduría y de la bondad infinita de Dios; este Espíritu obra, ora, lucha con nosotros, nos ilumina, nos instruye, nos anima, nos conforta con sus luces abundantes y eternas, con sus mociones e impulsos hacia toda su obra santa[17].
En conclusión, de este camino trazado por la Patrona de los Emigrantes, se puede afirmar que la misión, tal vez hoy más que nunca, nos pide encarnar la llamada del Espíritu y luego, ante todo, ponerse a la escucha. El Espíritu Santo habla en el silencio. Entrar en la celda interior es cada vez más necesario para oír la voz. Y esta voz habla en los corazones de los que se preparan para abrirse al amor encarnado de la divina humanidad de Jesús. Cultivar el silencio y la escucha interior abre a la experiencia mística, que no es sólo exclusiva de figuras extraordinarias, sino la vía directa ofrecida en el Evangelio para los que siguen los pasos del único Maestro y acogen el don de su Santo Espíritu. Cada creyente es en sí mismo un misionero si acoge en silencio la voz del Espíritu y va, en pura obediencia, donde siente que se le envía. Esta es la enseñanza de Santa Francisca Cabrini. Su caminar “ardientemente y velozmente” deriva de esta relación directa, sin mediación, con el Espíritu Santo que purifica, libera de todas las esclavitudes que atan y ralentizan la acción. Recuerda el “aquí estoy” del hombre bíblico, la respuesta inmediata, sin cavilaciones, cada vez más urgente y a la vez más difícil en un mundo donde es tan grande la fuerza del ruido y el caos. Recibe el empuje del amor ardiente que emana del corazón humano cuando se funde en el corazón divino y se une al momento eterno donde la obra creadora está siempre actuando.




[1] G. De Luca, Madre Cabrini, La Santa degli Emigranti, Ed. Storia e Letteratura, Roma, 2000
[2] F. Cabrini, Tra un’onda e l’altra, Roma, Centro Cabriniano, 1980, p. 22
[3] L. Scaraffia, Francesca Cabrini. Tra la terra e il cielo, Milán 2003, p. 87
[4] F. Cabrini, Pensieri e propositi, p. 143
[5] Itinerario di spiritualità cabriniana. Scioglietevi e mettete le ali, a cargo de Sor María Barbagallo, Codogno, 2011, p. 65
[6] Ibidem.
[7] F. Cabrini, Stella del mattino, Roma, Centro Cabriniano, 1987, p. 116, n. 12
[8] F. Cabrini, Pensieri e propositi, p. 142
[9] Ibid., p. 164
[10] F. Cabrini, Tra un’onda e l’altra, p. 96
[11] Itinerario di spiritualità cabriniana, p. 66
[12] F. Cabrini, Tra un’onda e l’altra, p. 229
[13] María Regina Canale, La gloria del Cuore di Gesù nella spiritualità di Sta. Francesca S. Cabrini, Roma, Centro Cabriniano, 1990, p. 117
[14] L. Scaraffia, op. cit., p. 16
[15] Sr. M. Regina Canale, op. cit., p. 118
[16] Ibid., p. 121
[17] F. Cabrini, Tra un’onda e l’altra, p. 97-98